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La peor noche de mi vida (otra vez). Una historia de Germán Puello 

Expediente clasificado, una historia de Germán Puello 

Premio al mejor personaje protagonista 2025, organizado por Página Abierta.

Premio al mejor personaje protagonista 2025, organizado por Página Abierta.

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QUERIDA ANA (Relato publicado en la antología de relatos "La Magia de los libros").

La mirada uniformada detrás del fusil te hizo soltarme con fuerzas contra el suelo. No te culpo, yo hubiera hecho lo mismo.

Esa fue la última vez que nos vimos. Aún mantengo la esperanza de que tus frágiles manos abran mi interior para que me cuentes cosas, cómo te ha ido en todo este tiempo, o si te casaste al final con Peter. 

Me convertí, casi sin quererlo, en tu confidente, en tu aliada, en tu pañuelo de lágrimas. En definitiva, en tu amiga.

Recuerdo con nostalgia aquella primera vez, porque en todo existe una primera vez, donde nos vimos. Era tu cumpleaños número trece y tu abuela hacía poco que había fallecido. Entre todos los presentes fue a mí a quien dedicaste esa mirada felina y negra llena de ese brillo característico que dejan las emociones más profundas.

Desde ese día fuimos inseparables. Tú me contabas cosas y yo las guardaba bajo llave en mí como un cofre pirata que solo tiene unas pocas monedas de oro pero que es todo un tesoro para ese marino de parche en el ojo y pata de palo. Me gustaba escucharte y que tú me contaras. 

Si echo la vista atrás, espera un momento que lo intente… Ya, parece que encontré el recuerdo...

Parece que fue ayer cuando saliste de la mano de tu padre de tu antigua casa. La fugaz lluvia empapaba, pero no era la ropa lo que te preocupaba, sino el alma. La lluvia en la ropa te puede dejar constipada un tiempo, la del alma son muy difíciles de sanar, y aun cuando crees que estas curada te pueden venir recaídas.

Cuando llevabais caminando un buen rato bajo las gotas grises que impactaban contra vosotros como flechas de un arquero apostado en un lugar donde no puede verse, divisaste ese frio edificio donde tu padre trabajaba. Poco, o nada más bien, os podíais imaginar tanto tu hermana como tú que detrás de tantas oficinas y demás utensilios de trabajo se encontraba todo un hogar. Un hogar, que aunque no era todo lo acogedor que te hubiera gustado, lo fue por cerca de dos años. No podías confiar allí dentro en nadie más que en mí. 

Una de tus primeras confidencias bajo la tenue luz de una vieja lámpara fue que quién iría a leer las desventuras de una adolescente que no se hablaba con su madre, o que sentía celos de su hermana por ser, a los ojos de todo el mundo, la más lista, la más guapa o la más buena.

Ay, mi niña… tengo tanto que decirte. Ponte cómoda que te cuento.

Desde que me soltaste de la mano pasarían horas hasta que alguien me recogió del suelo. Junto a mí descansaban esparcidos billetes falsos de ese juego que tanto te gustaba jugar, «La Banca». Los soldados estuvieron un tiempo tirando todo por el suelo buscando el poco dinero que os quedaba, o la comida que guardabais en el desván.

La persona que me recogió entre lágrimas no fuiste tú, sino la señorita Miep. Debo mi existencia a ella, pero ni tan siquiera me preguntó nada, solo se limitó a llevarme hasta un lugar oscuro y frío. Era como un cajón enorme donde compartía espacio con dos lápices, uno de ellos mordido hasta el extremo, y varias hojas con muchos números anotados.

No te puedo decir cuánto tiempo pasó, el suficiente supongo, ya que memoricé toda la secuencia numérica de esos papeles, pero lo cierto es que fui trasladada a una casa muy grande y bien iluminada, nada que ver con nuestro hogar. 

La señorita Miep me buscó un buen lugar para respirar un poco de aire puro, y no el oxígeno viciado que respiraba dentro de ese cajón.

Una fría mañana, llamaron al timbre de casa con ese sonido tan peculiar de campanitas que tanto nerviosismo me daba. Al principio, a los meses de nuestro último adiós, notaba cómo el corazón me latía a mil al escuchar esa campanita angelical. Imaginaba que tus dos grandes ojos felinos estarían detrás de esa puerta marrón y que pronto me contarías de ti, me pondrías al día de todo este tiempo sin saber una de otra, pero nunca eras tú la que venía. 

Nunca nadie me contaba nada, ni me sacaban de paseo. Pasé mucho tiempo sola, acompañada con libros de autores que ni conozco y que poco me podían decir de ti.

Esa mañana fue distinta a todas las demás. Al abrir la puerta escuché cómo la señorita Miep hablaba emocionada con un señor que de momento ignoraba quién era. 

Su voz era grave, llena de arrugas propias de un corazón que ha sufrido mucho. Aun así me era familiar su tono. No sabía dónde la había escuchado, pero la conocía.

Al rato noté las ásperas manos del señor sobre mí. Una gota salada cayó sobre mi cuerpo. Tardé tiempo en comprender que era una lágrima que se había escapado de una prisión donde había estado recluida por mucho tiempo, donde estaba prohibido llorar.

Fue al mencionar tu nombre cuando ya supe quién era ese señor. 

Me puse contenta al reconocer a tu padre. Había cambiado bastante, parecía como si hubiera envejecido años. Si pudiera, en ese momento, describir qué era la felicidad, la hubiera descrito como el instante donde te llevan a volandas hasta el Paraíso, donde no tienes por qué preocuparte porque alguien te está protegiendo entre sus brazos. Solo debes dejarte llevar.

Pensé que en breve estaría contigo nuevamente. Me equivoqué.

En lugar de eso me pasé largas noches contándole cosas nuestras a tu padre. Intimidades que sellaste conmigo y que nunca deberían de haber salido. Siento en el alma si te fallé, pero no podía resistirme.

No te preocupes, él nunca me preguntó nada, solo lloraba mientras yo le contaba.

Cada cosa que le decía, la apuntaba en una libreta vieja. Con cada palabra que salía de tus letras, él asentía con un silencio que duraba una eternidad. Creo que, según sea la voz de su silencio, uno puede conocer el sufrimiento del otro. Tu padre, por lo que transmitían las arrugas de su rostro, había sufrido mucho, pero no creo que fuera simplemente un daño físico, sino uno más interno, uno que te arraiga tu ser con toda su fuerza y te arrastra a lugares que es mejor no ver nunca.

Tu padre hizo algunos cambios. Para empezar, me cambió el nombre. Yo le aseguraba que me llamaba «Kitty». Él decía a todo el mundo que yo me llamaba «Diario». «¡Que nombre más horrible!» pensaba. Si al menos me hubiera puesto como titulaste en mi exterior, «La casa de atrás». 

Él parecía no prestar atención sobre algunas cosas. Hizo miles de tachones en sus notas, y puso cosas que jamás salieron de mí. Bueno, de ti. 

En el fondo pienso que lo hizo porque se escandalizó al saber que no querías tanto a tu madre como hubieras deseado, o aquellas cosas típicas de la pubertad y el renacer sexual que un padre no debe escuchar jamás de su hija.


De tu colección de libros sobre mitología romana o aquellos de Cissy Van Marxveldt, no tengo ni idea dónde pueden estar. Espero no me preguntes. 

Gracias a ellos, y a muchos más que te traía la señorita Miep te hizo todo más ameno. Te pasabas el día leyendo o contándome cómo te había ido la jornada, si habías discutido con la señora Van Daan. Sentías que nadie te entendía en ese cobijo que llamabais hogar.

No eras del todo consciente, me temo, que mientras estabais en ese refugio improvisado, afuera el mundo parecía estar detenido mientras lloraba lágrimas de sangre. Europa se estaba desangrando y solo ponían tímidas vendas para parar la hemorragia.

Pero todo cambió, mi niña. El bien ganó al mal y ese ejército de aliados que habían desembarcado en Sicilia, tal como me contaste, habían llegado al continente a través de Francia y poco a poco habían echado a esas personas de mal corazón que tanto mal habían generado.

Al tiempo todo volvió a ser como antes. Bueno, sin ti. Esa herida profunda que tenía a todo el planeta con el corazón encogido fue sanada, aunque costó un buen tiempo. 

El ser humano, pienso, es un animal que es incapaz de comprender por más palos que se le dé. Desde tu partida, guerras y más guerras han asolado todo rastro de humanidad dejando un reguero de sangre, destrucción y egoísmo. Los mandatarios luchan por querer controlar todo, y no se dan cuenta que por más que quieran, no pueden. Mientras el pobre lucha por levantarse, son otros los que pisan su cabeza en el frío barro.

Pero volvamos a la historia que me disperso. ¿Qué te estaba contando?… ¡Ah si, lo de tu padre! Él me llevó a señores que se hacían llamar editores y juzgaban como si fueran dioses, tras un gran bigote y un puro casi tan grande como su ego, lo que es bueno y lo que no. Como si pudieran decir que todo cuanto siento es mentira. Uno de ellos dijo eso mismo que tu dijiste… «A quién le va a interesar las historias de una adolescente, judía, además».

Finalmente, los nudillos de tu padre aporrearon la puerta correcta. Debo decirte que tu padre jamás descansó hasta ver cumplido tu sueño de verte convertida en escritora.

No pasó mucho cuando ya estaba en las imprentas de todas las grandes ciudades.

Hoy no solo le cuento tus intimidades a tu padre, del que hace tiempo no sé nada, sino a millones de personas que mantienen el aliento a cada página pasada. Sus ojos reflejan la emoción que voy narrándoles, como si fueran ellos los que estuvieran en esa habitación compartida con el dentista, ¿cómo se llamaba realmente? Tú lo bautizaste como Albert Dussel, pero dudo que ese fuera su verdadero nombre. 

Alguna vez escuché a alguien decir que no habías aguantado las atrocidades de esos nazis y que tu hermana y tú descansabais lejos en algún lugar juntas con más personas. O que tu madre murió con la esperanza de abrazarte, o que Peter, ese chico que compartía contigo hogar, y que llegaste incluso a sentir algo especial por él, acabó sucumbiendo al hambre y al frío en un campo de concentración.

Las condiciones que pasasteis las ignoro. Por más que me cuenten no podré nunca ponerme en tu piel. Jamás quise saber más. 

Me apenaba pensar que estabas tirada en una zanja envuelta en un polvo blanquecino que te va comiendo tu ser. No me importa, sé que donde estés sigues viva en cada letra que sale de mí.

Escuchando todo eso, ya entiendo un poco ese silencio de tu padre. Un padre jamás debe irse antes que sus hijos. ¿Cuántas conversaciones se desvanecieron? ¿Cuántos sueños por cumplir te robaron? Si me pongo a pensar en cada una de las respuestas a todas esas incógnitas, seguro que la tristeza se apodera. No, quiero recordarte por cómo eras, por cómo me mirabas cada vez que te sentabas en ese escritorio compartido con Dussel y me contabas cómo te sentías verdaderamente. 

La gente solo ven de nosotros una máscara. Nos pasamos media vida interpretando el papel de víctima atormentada hasta que nos damos cuenta que la vida, de no ser disfrutada, se desvanece como esos amores primaverales, donde al principio todo es mariposas en el estómago y luego sale ese ácido que te corroe las entrañas hasta ser escupida.

Por cierto, no quiero despedirme sin decirte que te has equivocado. Son millones, como te digo, las personas que quieren saber la vida de una adolescente judía de 1942. Los malos igual ganaron temporalmente una batalla, tú has ganado la guerra.

No hay que olvidar que la magia de los libros nunca muere por más que otros se afanen en callar las mentes que hicieron que todo esto que llamamos humanidad merezca la pena.

Tu «Kitty».

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