La sonrisa del lobo (® Todos los derechos reservados.

PARTE I

La adolescente avanzaba por el paraje neblinoso perdiéndose como una mota de polvo en un armario antiguo, protegida del frío y de la humedad tan solo con un abrigo rojo que le estaba algo grande, el cual la parapetaba de las gotas de rocío que caían como flechas de un arquero apostado en las almenas de una torre en las que es difícil ver quien dispara.


Su pelo, rojo como el amanecer de la Toscana se perdía con el rojo del abrigo, no sabiendo hasta donde terminaba el cabello y empezaba la pelliza. Su rostro parecía un universo en calma. Por la piel blanquecina de su cara se dejaban entrever tímidas pecas a modo de estrellas parpadeantes. El contraste de tonalidad entre la blancura de su rostro con pequeñas salpicaduras de un marrón rosáceo la hacía única en su aldea.


Con la vista perdida en sus pasos que recorren un sendero de un verde intenso con tonalidades ocres a los lados, se va metiendo a cada paso en el interior de sus pensamientos. La espesa vegetación parece querer flotar por los extremos del camino de tierra que tantas pisadas han aguantado a lo largo de los años.

La senda parece tener vida propia. Árboles balanceándose al compás de una suave brisa en las que ella es testigo de esa danza mística cuya música está sonando en los acordes lejanos de las nubes.

Aunque ahora este sendero no esté muy transitado si lo estaba hace un tiempo, donde la zona se llenaba de toda clases de personas con una sola dirección errante. Hoy todo eso es un vago recuerdo en la mente de los mas mayores de la aldea.


El olor a eucalipto la hace parar un momento para llenar de oxigeno sus pulmones. Una sensación de frescor le recorre su interior a cada bocanada. En casa solo respira el humo a tabaco rancio que fuma su padre y rara vez se sienta en el pórtico de casa a leer sus relatos que salen de su imaginación. Ni esas barritas de incienso barato que ponen puede camuflar ese perfume de cigarrillo amargo que se agarra al interior de la garganta.

  - Algún día seré la mejor escritora que ha dado nunca Galicia – fantasea mientras reanuda la marcha al tiempo que se acomoda la mochila de tela vaquera que lleva a su espalda.

Una tapa dura de algún libro que lleva se le clava en el riñón.


En su lado derecho, y perdiéndose en un desnivel, un antiguo arroyo parece acompañarle en su camino. El sonido del riachuelo que baña la comarca le hace sumergirse mas en la creatividad de los relatos fantásticos sobre princesas en apuros y valerosos caballeros que rescatan a su damisela.

Se imagina al bosque tomando vida propia como si fuera otro personaje mas de la historia.

De vez en cuando algún peregrino se deja asomar por esos parajes, aunque hoy parece estar mas desierto que de costumbre.

El sonido del motor de un avión le hace levantar la cabeza sin conseguir ver nada mas que ese vapor frio que la atrapa. Hasta donde le alcanza la vista solo puede ver la atmósfera blanquecina similar a la harina en suspensión que deja su padre cuando hace galletas en la cocina.

Nunca fue un buen cocinero como si lo fue su madre.


Un escalofrío húmedo le recorre todo su cuerpo haciendo que vuelva a la realidad. Hay tanta humedad en el ambiente que hasta sus castillos se convierten en lagos. Se pone la capucha de la prenda con brusquedad. Unas gotas aventureras habían caído ya sobre su pelo y se deslizan sin control por su cara. Son rápidamente frenadas por la manga roja de su abrigo.


Antaño en esa época de principios de invierno no eran muchos los peregrinos que se encontraba por el camino, que con su bordón y vieira colgada en las mochilas, grandes y pesadas a juicio de la chica, se adentraban en las profundidades de uno mismo para al final tener un encuentro personal con el apóstol al fin que este les de algo de tranquilidad que le ordenara sus vidas. Por muy caóticas que estas fueran ella las envidiaban. Su monotonía seca como la tierra esperando ser regada la estaba enterrando en vida.

Su alma, deshidratada necesitaba ser rociada con una fuente de motivación.


Su padre regentaba un refugio privado en una pequeña aldea a las afueras de Portomarín, donde además de cobijo daban al fatigado caminante algo de caldo y agua potable. Por toda Galicia proliferaban fuentes del líquido elemento con un cartel que anunciaba del peligro de beber de esa agua no controlada. Los negocios supieron aprovechar esa campaña de marketing para vender botellas de agua a precio de oro. Lástima que todo eso quede ya muy atrás. Hoy pocos son los peregrinos que se adentran por esta zona.


El negocio familiar no estaba en su mejor momento debido a que cada vez se veían menos peregrinos por allí. Tan sólo en los meses de verano parecía remontar algo, aunque hacía meses que no conseguían pagar las facturas.


Debido a los frecuentes incendios forestales las autoridades habían cambiado hace ya diez años, tras la muerte de su madre, la señalización desviando el camino por una ruta más segura.

El negocio se encontraba en el lado antiguo de la senda, donde los vecinos nadaban por sobrevivir al golpe repentino.

Su padre y abuelo se habían provisto en su día de un buen cubo de pintura amarilla y pintado rutas alternativas para paliar los efectos de esas crisis. La aldea necesitaba de gente que la sustentase. Cada vez eran mas los aldeanos que empacaban sus pertenencias y se marchaban a la ciudad a llenar sus vidas de algo de oxígeno fresco.


Una brisa de aire frío la empezó a sobrecoger así que se abrochó el abrigo hasta la barbilla, casi hasta notar en sus labios la cremallera de la prenda, y se agarró a las asas de la mochila que llevaba colgada en su espalda.

Algo muy importante debía de llevar en ella a juzgar por como la trataba.


Los cinco kilómetros que separaban su casa de la de su abuela les eran familiares. Cada piedra, cada árbol, cada poste con la característica flecha amarilla que se mostraba desdibujada sobre postes de piedra, señalando como si de una brújula se tratase a la catedral de Santiago, las conocía como si fueran amigas de toda la vida.

Y es que a sus dieciséis años ya había recorrido ese camino infinidad de veces, la mayoría acompañada de su padre que hoy debía quedarse a preparar el desayuno a un grupo de chavales que habían pedido cobijo la noche anterior, los primeros que venían desde hace ya dos meses. Parecían educados y atractivos según observó la niña que ya había entrado en el ecuador de la pubertad.

Los chicos habían empezado la ruta en Roncesvalles, Navarra, en bicicleta según les contó uno de ellos. Le llamó la atención que uno de esos chicos tenía un ojo de diferente color, el derecho de un verde esmeralda, el izquierdo marrón como la tierra que estaba pisando sus botas.

La noche anterior, mientras cenaban unos bocadillos, pudo observar como el chico de los ojos bicolor escribía unos poemas improvisados en una arrugada libreta. Los ojos, grandes pero perfectos en su medida, de distinta tonalidad parecían estar conmoviéndose a cada palabra que añadía el chico en el cuaderno.

El chico le sonrió al darse cuenta que ella lo estaba mirando. Ella fantaseó en cierta medida ser como ese chico que tenía la libertad de elegir su caminar, no como ella. 


Pensaba, que de existir algún Dios, por algún extraño capricho, le había hecho nacer en una aldea de unos pocos habitantes, cada vez menos, y siendo criada desde los seis años por su padre al fallecer su madre. Solo conserva una fotografía de ella en su cartera.

Por casa no hay retrato alguno de su progenitora, salvo en el dormitorio de su padre.


Todavía guarda el sabor amargo de ese despertar donde vio a su padre arrodillado junto al cuerpo de su esposa tumbada en la cama.

Al pobre hombre le costaba mantenerse de pié. Parecía estar rezándole al cuerpo inerte de la que fue su compañera de viaje. De la infancia de su madre no sabe mucho. Tan solo que nació en el País Vasco y que conoció a su padre cuando este visitó el pequeño pueblo donde vivía.


Al parecer la familia de su madre no era muy querida en la zona. De ella había heredado el color rojizo del cabello y muchos vecinos lo asociaban al demonio.

Ambas eran únicas en donde vivían.


Pronto ese noviazgo fue consolidándose hasta convertirse en matrimonio. Se casaron por un extraño rito. Por casa no guardan ninguna fotografía del enlace, ningún documento. En el libro de familia tan sólo registran que son sus progenitores.


Con el dinero de la dote abrieron una posada en una de las mejores rutas del Camino de Santiago, lugar de nacimiento de su padre, y pronto vieron grandes beneficios en la maltrecha economía familiar. La posada era grande, de tres plantas siendo la principal la destinada a la recepción mas un gran salón que hacía las veces de comedor. Subiendo por unas escaleras se accede a la primera de las plantas, donde estaban las distintas habitaciones y los aseos. La planta alta daba acceso a la azotea donde los peregrinos solían tender la ropa limpia. Cinco lavadoras, enormes, hacían esa función.


El primer inquilino, incluso antes de llegar sus padres, fue un gato encanijado negro que vivía entre las ruinas de lo que era antes eso. Lo adoptaron poniéndole de nombre Atila. Ese “azote de Dios” bufaba a la niña desde que nació esa calurosa mañana de agosto en una de las habitaciones.


El médico que atendió el parto quedó sorprendido por el rojizo del cabello de la pequeña que sostenía en sus brazos mientras lloraba como una alarma contraincendios. - Parece una antorcha encendida – dijo su padre al verla por primera vez con ese pelo tan rojo como el fuego.


Los años fueron pasando. La niña crecía rápidamente y a sus padres parecía irles bien. Mientras el padre se dedicaba a atender el negocio, su madre quedaba con tres amigas de su infancia que se habían afincado todas juntas en una casa cercana con la excusa de ayudarla con la niña.

Al decir verdad eran muy raras. Vestían con una especie de túnica hasta los pies de colores muy vivos. Su pelo parecía el nido de una golondrina que se resiste a partir de la ventana de algún poeta.


En una ocasión la niña se pudo escabullir de la posada hasta donde se reunían esas extrañas mujeres con su madre. Era una casa antigua, de madera vetusta. Desde fuera parecía un monstruo con dos ojos por ventanas y una boca roja que invitaba a entrar. Fuera, como vigilando la entrada, unos cuantos gatos oscuros de pelaje montaban guardia quizás esperando que le lanzaran las sobras de la cena. El olor a orín felino era tan fuerte que la niña hasta dio una arcada.

No le costó trabajo abrir la puerta roja y adentrarse por la cavidad bucal del ente. Todo estaba en una oscuridad inquietante.

Una mezcla a infusión de hierba amarga y café inundaba toda la casa. Siguiendo el extraño aroma avanzó hasta una pequeña sala de estar con la puerta entreabierta. En su interior estaba su madre acompañada de esas raras mujeres. Varias velas iluminaban la estancia con un destello parpadeante.

La sombra proyectada en la pared de las mujeres parecía querer dibujar contornos de algún animal. La niña entornó los ojos. Le pareció ver una quinta sombra con unos cuernos tan grandes que llegaban hasta el techo.


En medio, sobre una mesa, un caldero enorme que a juzgar por el burbujeo constante del agua acababa de ser sacado de algún fuego que ella no veía.

Debajo de esa gran olla un sinfín de plantas, hojas secas, pieles de serpiente disecadas o algún ratón muerto.

Una de esas mujeres bebió un buen trago de una botella que tenía cerca y escupió sobre el interior del caldero.


La niña contempló asombrada como del interior salió un humo verde que fue elevándose hasta el techo cambiando a un marrón oscuro hasta que desapareció.

La sombra con cuernos parecía estar bailando mientras se difuminaba por la pared. Del interior del recipiente empezaron a salir toda clase de insectos, cucarachas tan rojas como su cabello, arañas peludas con unas interminables patas que tamborileaban sobre la mesa y el suelo una melodía siniestra.

Su madre y las mujeres empezaron a recitar algo en euskera con las manos entrelazadas las unas con las otras y el caldero empezó a hervir con mas intensidad. Los insectos seguían saliendo como si fueran un ejército que se había propuesto invadir la habitación.


La niña, agazapada, no pudo evitar lanzar un grito cuando una de esos engendros con patas se le subió encima de su diminuto cuerpo.

La madre y sus amigas rápidamente cesaron el recitar y una de ellas descorrió unas sucias cortinas dejando que la claridad fuera conquistando los rincones oscuros de la sala.


Cuando toda la habitación estaba iluminada no había ni rastro de insectos, y dentro del caldero el agua se mecía tranquila.

Ese fue el pequeño pacto entre madre e hija. Ambas guardarían el secreto por siempre. Ninguna de las dos sacó nunca el tema, y la niña jamás volvió a presenciar nada parecido.

Hasta que un día llegó a pensar que todo lo vivido era producto de su imaginación, que no tenía límites.


Todo cambió unos años después, cuando la madre aseguraba que una presencia demoníaca la estaba persiguiendo. Afirmaba que su dormitorio acabaría por matarla.

Cada día se levantaba temprano, antes de la salida del sol.

Le pidió a su esposo que durmiera en otra habitación de las tantas que había en la posada. Accedió a regañadientes.

Escoba en mano limpiaba todo el dormitorio, cambiaba los muebles de sitio. Un día la cama era trasladada enfrente de la ventana, la mesita de noche a los pies del somier. El armario en el fondo derecho, el escritorio al lado de la puerta. Al otro día vuelta a cambiar todo. Se pasaba todas las horas del día paseando el mobiliario de un lado a otro y limpiando tan a fondo que hasta las baldosas habían perdido el brillo natural. Algún peregrino se quejó a su padre por el ruido nocturno del arrastrar de muebles.

  - ¡Parece que mueva cadenas!... Necesito dormir para seguir el Camino – le dijo uno en su día.


Su marido le llevaba comida a diario, y a diario retiraba la bandeja igual de llena. No probaba bocado. No salía de la habitación. El gato, al que tanto cariño le tenía la mujer, tuvo que ser llevado a casa de los padres de su esposo. La niña se alegró de tener lejos al animal. Nunca lo quiso.


El médico le aconsejó a su padre que lo mejor sería llevarla a un centro psiquiátrico de la capital, pero el no quería separarse de ella.

  - Yo me encargo doctor. Seguro que mejora – era su consigna preferida cada vez que el médico sacaba el tema del traslado 


Los meses fueron pasando hasta que la profecía de su madre se cumplió.

Ese dormitorio acabó con su frágil vida esa mañana.

La noche antes, como presagio quizás de su destino, la madre pidió a su hija que se acercara. Su pelo rojo dejaba asomar unas canas anaranjadas. Sus muñecas eran finas y sobre el camisón blanco se notaba su delgadez. Conservaba esa sonrisa que siempre tuvo pero llenas de surcos marchitos. Parecía tener mas años de los que tenía realmente.

  - Tienes el don. Nunca lo olvides – fue lo único que le dijo a la pequeña para girar su cabeza y echarse a dormir.


Su madre falleció pensando que era una meiga de esas que salían por las calles hacía siglos a hacer extraños pactos con el demonio. Los médicos fueron mas realistas, esquizofrenia paranoide.

Esos insultos de sus anteriores vecinos que la asociaban con el demonio quizás hicieron estragos su debilitada mente, pensaba la niña. Si hubiera vivido en el siglo XV tal vez esos mismos vecinos la habían arrojado viva a una hoguera hasta ver consumidos sus huesos en cenizas. ¿Cuantas mujeres acusadas de brujería habían sucumbido al poder sanador del fuego sin la mínima defensa de la condenada?.

La salud mental es algo que no se toma en serio, ni antes ni ahora, se lamentaba la chica.


Sus amigas se marcharon de la noche a la mañana y con ella los gatos que custodiaban la mansión. Y por extraño que parezca, al desaparecer los gatos desaparecieron los peregrinos.


Durante meses unos incendios atroces asolaron la zona. La niña se asomaba por la ventana a ver los hidroaviones cargados con agua de color que era tirada sobre algún que otro foco activo. Jamás cogieron al pirómano que supuestamente producía esos incendios. Fallecieron dos peregrinos, uno de ellos asfixiado, el otro lo encontraron meses después de su desaparición calcinado.


Las autoridades gallegas optaron por desviar la ruta por otro camino libre de vegetación seca. Poco a poco los peregrinos dejaron de pisar la aldea, incluso con esas flechas amarillas que repintaban su padre y abuelo.



Continúa en parte 2. 

PARTE II

Algún día saldrá de esa aldea a recorrer como esos peregrinos el mundo, a vivir experiencias, a enamorarse, a sufrir por amores imposibles y a soñar despierta sin límites. No quería enloquecer como su madre que no conoció mas mundo que su País Vasco natal o esa aldea apartada del mundo.


Se sentía prisionera de la realidad. Añoraba con ver la luz de fuera de ese sitio oscuro y siniestro.


Metiéndose una de sus manos por el bolsillo del abrigo, conviviendo en el habitáculo de tela con su teléfono móvil, saca unos auriculares mas liados que las zapatillas romanas que utilizaban los legionarios y empieza a desenredar las entrañas del cable con la precisión profesional de alguien que no es la primera vez que lo hace. Del otro bolsillo saca un reproductor de música pequeño donde lo enchufa. Sus auriculares pronto suenan a toda pastilla una canción de Los Beatles, razón por la que seguramente no escuchó el crujir de unas ramas detrás suya o el pedaleo constante de alguien que se acercaba.


El bosque parece querer avisar a la chica que unos ojos brillantes y amarillos se perciben a través de las nubes bajas que arropan la escena. Una llovizna tan fugaz como los amores primaverales desapareció a los pocos minutos de empezar dejando la tierra mojada y ese olor de nombre casi impronunciable que deja la tierra húmeda, petricor, mezcla de arena y demás sustancias de la vegetación que hace que la chica se sienta bien, relajada.


Si afina un poco el olfato puede incluso oler los excrementos de las vacas de Ramiro, el ganadero, que por allí pasan a diario.


Se quita un auricular. Le extraña no escuchar el tintineo de los cencerros de los animales.


Quizás, con este tiempo, el hombre no las saca a pastar. Seguía caminando por el sendero cuando notó que una mano le frenaba agarrando su mochila.


Asustada se giró con la suficiente rapidez como para sorprender incluso a la persona que tenía detrás.


Por causa del movimiento los auriculares salieron de sus orejas quedándose colgados por el cable. La música sonaba suspendida en el aire. Los ojos de la chica se quedaron clavados en los de él, que parecía mas impresionado que ella.


Era el chico del albergue, pero parecía como que esa mañana no se había despertado con ese atractivo natural que tuvo la noche anterior. Mientras una mano le agarraba, no con mucha fuerza el asa de la mochila, la otra la tenía sujetando el manillar de la bicicleta haciendo equilibrios circenses para no caerse al barro. -


   - ¿Qué haces aquí sola?. Una chica tan guapa como tu no debe andar sin compañía. - unos dientes amarillos se dejaron entrever a través de la sonrisa que le ofreció.


La cara ovalada del chico no conjuntaba con el pelado de estilo militar norteamericano que llevaba. Una barba de unos días dejaban entrever unos pelillos como pelusas.


La mirada del muchacho parecía como pérdida, mientras que su rostro reflejaba tranquilidad. Estaba rapado, de piel tostada con los ojos saltones que parecían se iban a salir de la cuenca ocular en cualquier momento.


La chica no podía evitar mirar esas dos bolas que tenía por ojos que miraban nerviosos a todas las direcciones posibles, e imposibles, para unos ojos humanos. Tenía incluso la duda que fuera la misma persona que escribía poesía en el patio del albergue, de no ser por la heterocromía de los iris.


Aunque hacia frío iba con una camiseta de mangas cortas que le quedaba ajustada, mostrando unos bíceps desarrollados. En el antebrazo derecho un tatuaje de un lobo asomaba como queriendo morder.


   -Voy a casa de mi abuela – dijo al fin al comprobar que el chico no presentaba una amenaza.


   -¿Tan lejos vive ella?. - la mirada del chico se perdió por el final de la arboleda intentado adivinar el sendero que se perdía a través de la niebla.


   -Realmente no vive tan lejos, si contamos que en coche se tarda quince minutos en llegar por la carretera. - respondió mientras recogía los auriculares.


   -Ya, pero vas andado, no en coche. – los ojos del muchacho la miraron de arriba abajo.


   -¿Qué miras? – cortó la chica que se sintió algo incómoda.


   -No pienses mal de mi mujer... Estaba viendo que estas en forma y que para ti no será tan difícil llegar. El pueblo más cercano está a algo menos de cinco kilómetros según el mapa. Si quieres te llevo en la bici.


   -No, déjalo. No hace falta. Gracias de todas maneras. - dijo mientras apartaba la mano del chico de su hombro.


   -Y tú abuelo.. ¿vive aún?. La chica dudó unos instantes si responder o no al joven.


   -Murió el año pasado – la mirada de la chica bajó momentáneamente – mi abuela vive sola, además no tiene vecinos alrededor en dos kilómetros. Es la primera casa de la aldea. Mi abuelo tenía allí un bar justo debajo de su casa. - la chica se arrepintió de haber sido tan sincera con un total desconocido.


   -Pobre.. Bueno si no quieres que te lleve no pasa nada. Nos veremos en el albergue luego y te enseño un poema que escribí. Que te vaya bien la mañana. - el chico se montó nuevamente el la bicicleta.


   -Gracias, igualmente – respondió ella, que quería zanjar ya la conversación y volver a sumergirse en las letras de Los Beatles que seguían sonando por los auriculares en sus manos.


   -Por cierto, no recuerdo tu nombre. - los llamativos ojos saltones se posaron nuevamente sobre ella.


   -Tampoco te lo dije… - dijo mirando a los lados como esperando que algún vecino o peregrino saliera y la librara de ese chico tan cargante.




El muchacho se daba cuenta que su presencia importunaba a la chica. Le contestó con una sonrisa de color del ámbar mientras se montaba en la bici y se marchaba por el camino que antes había recorrido.

Otros ojos parecían estar esperando al chico ocultos entre los árboles.


   -Menudo personaje – murmuró mientras se volvía a poner los auriculares y observaba como la bicicleta se perdía nuevamente por la vegetación.


El resto del camino lo hizo sin más interrupciones. A mitad de camino la densa niebla fue disipándose para mostrar el camino que a modo mágico se dibujaba nuevamente delante de ella.

Unas nubes negras empezaron a asomar entre las coníferas saludando a los árboles.


Deseaba llegar antes que la tormenta se desatarse por completo. Era normal que primero lloviznara algo para que luego, la furia de los dioses, descargaran un aguacero que ni Noé con su arca.



Las frías gotas caían nuevamente con más fuerzas que impactaban con golpes secos sobre la tela del abrigo.

Puso una funda verde impermeable cubriendo la mochila. Lo que quisiera que llevara en ella era algo muy importante para ser protegido.


Respiró aliviada cuando vio una edificación antigua, con dos puertas de acceso. En una, clausurada ya, se podía leer aún: “Bar Chan ete, espec lidad en boc dillos y t pas”. El letrero estaba negro por la corrupción del tiempo y algunas letras se habían caído formando parte del terreno. Una letra a se asomaba entre un poco de hierba.


Al lado, en una de las jambas de madera podrida de la puerta, una desgastada flecha amarilla parecía estar dando la bienvenida al fatigado caminante imaginario de años atrás.

Era indicio de lo que fue antes esa ruta que debió ser transitada por miles de personas que entraban por esa puerta a reponer algo de fuerzas.


Apresuró la marcha para llegar ya que la lluvia estaba empezando a apretar. No le prestó mucha importancia al hecho de que la puerta del bar estuviera entreabierta ya que su abuela la estaba esperando. Tampoco vio apoyadas en un árbol próximo tres bicicletas llenas de barro.


   -¡Yaya!.. Ya estoy aquí – gritó mientras subía por las escaleras.


La puerta que conectaba con el bar estaba abierta del todo. Fue subiendo hasta la primera planta del inmueble a pasos ligeros poniendo especial cuidado en no caerse ante la oscuridad reinante. Tal era la negrura de los peldaños que tampoco vio unas huellas marrones que compartían su mismo caminar.

Al poco ya estaba en el piso superior. Estaba todo ordenado con el olor característico a cerrado o a que desprenden los libros antiguos al ser abiertos.


Se aproxima a una de las ventanas levantando una pesada persiana. Una gran claridad entra de golpe al salón de la vivienda. Un sofá antiguo enfrente de una mesa camilla con un pequeño mueble de madera donde reposaba una televisión con mas polvo que canales acompañado de unos diez, quizás mas, marcos con fotografías de todas las tonalidades.

Deja la mochila en el sofá para aproximarse al dormitorio de su abuela.


"Seguramente estará descansando"... piensa mientras recorre un pequeño pasillo que da directamente a la alcoba de su abuela.


En la cama estaba sentada y a medio tapar la anciana, con la mirada pérdida resaltando las arrugas de tanta vida en su piel. Sobre su cabeza unos improvisados rulos que se había puesto que tapaban los audífonos que llevaba.


   -¿Yaya, estas bien?.. la chica estaba empezando a preocuparse al ver que su abuela no salía de la cama.


   -Si.. No es nada.. sólo me duele un poco la cabeza hija – la abuela desviaba la atención de sus ojos de forma nerviosa hacia un pasillo que daba a la derecha.


   -Te noto rara. Llamaré a papá para que te lleve al médico – dijo sacando el móvil del bolsillo de su abrigo.


   -No déjalo. No le preocupes. Estoy bien – dijo con la voz quebrada. La mirada de la anciana parecía como suplicando algo a alguien imaginario.


Marcó el teléfono de su padre y esperó pacientemente que este lo cogiera. Nadie desde la otra línea contestaba. Probó por llamar al fijo con el mismo resultado.


Tras varios intentos optó por guardar nuevamente el teléfono.


   -Estará liado. Tenemos gente en el albergue. ¿Te puedes levantar? - la chica se aproximó a su abuela con la intención de incorporarla.


   -Estoy mejor así. Vete a la farmacia por algo. ¡Rápido!.


La farmacia mas cercana estaba a tres kilómetros de allí, por lo que el abandonar ahora a su abuela no estaba entre sus planes.


La imagen de su madre le nubla el pensamiento. No iba a permitir que su abuela enfermase por no tener asistencia sanitaria.


   - Mejor llamo al médico – empezó a buscar en la agenda de su teléfono el contacto del doctor.


Un sonido proveniente del salón sobresaltó a la chica.


   -¿Qué fue ese ruido? – dijo dirigiéndose hacia el pasillo.


Cuando estaba a punto de meterse por el oscuro pasillo que terminaba en un gran patio apareció corriendo Atila. El gato bufó a la chica cuando la tuvo delante suya.


   -Vaya susto que me has dado cabroncete – dijo dando de nuevo la vuelta hacia su abuela. - Nunca me gustó este gato.


   -Hazme caso hija. Es mejor que vayas a la farmacia a por algo. No llames al médico.


La chica dejó el teléfono sobre la mesita de noche que se empezó a iluminar al recibir un mensaje de una tal Sara.


   -Pero dime antes como te sientes. Necesito saber que decirle al farmacéutico. - la mano de la chica fue hasta la frente de su abuela para ver si tenia fiebre.


   -Sólo dile que me encuentro mal… y que venga con ayuda – esto último lo dijo con un susurro casi imperceptible.


   -Yaya, te noto los ojos muy abiertos. - dijo viendo la expresión asustada de su abuela.


   -Son para ver mejor a mi nieta. ¿Cuanto hace que no te veo?.


   -Pero si no dejas de mirar al pasillo. En serio que me estás preocupando.


   -Es para escucharte mejor – dijo señalándose el audífono que tenía en el oído izquierdo - Ya sabes que a mi edad los sentidos fallan. Además huelo por si me he dejado el gas abierto. Estoy ya algo despistada.


   -Yaya, te noto muy rara. ¿Quieres que llame a una ambulancia? - los dedos de una mano de la chica tocaron nuevamente el teléfono.


   -No, llama a la Guardia Civil..- lo dijo en un tono demasiado bajo para ser oído por nadie.


   -No me he enterado de lo último Yaya. Dímelo más fuerte. ¿te duele la boca por la dentadura?.


No hubo tiempo de respuesta. Del pasillo salieron tres chicos, los huéspedes del albergue del padre. Uno de ellos era el joven que la había parado en el camino antes. Portaba un cuchillo grande de cocina, por donde se reflejaba a modo de espejo toda la habitación.

En conjunción con su expresiva mirada de huevo le daba un aspecto sádico al chico.


   -¿Qué queréis? ¿Qué hacéis aquí?- preguntó temerosa la chica que se abrazaba a la abuela.


   -Venimos a divertirnos un poco - dijo el mas feo de ellos.


   -A comerte por partes empezando por los pies. Te gustará- dijo otro.


   -Nos pedirás que no paremos ya verás. - terminó el que portaba el arma.


   -Dejad que se vaya. Hacedme lo que queráis a mi pero dejad que la niña se vaya. Os lo suplico – la abuela ya se había incorporado y abrazaba con fuerzas a su nieta.


   -¿Y que quieres que hagamos contigo vieja?. Lo que tenemos pensado es para tu nieta y nosotros tres. ¡Tu nos sobras vejestorio!. - los colmillos amarillentos del chico asomaban entre la comisura del su boca. -La trataremos bien. Ella sólo tiene que tumbarse y nosotros hacemos el resto.


   -¡Venga!.. ¡Quítate ese abrigo rojo que llevas!. - ordenó el primero agarrando la manga de la prenda que la joven llevaba con tanta fuerza que le hizo levantarse.


La chica se aferraba asustada a su abuela con una de sus manos. No sabía que hacer. No tenía fuerzas para enfrentarse a ellos, además de estar armados eran tres y más fuertes que ellas dos.



La sola idea de ser violada por ellos la paralizó y sacando todo el aire de sus pulmones gritó con fuerzas.


   -¡Ayuda!..¡Socorro!. - las lágrimas salían por sus ojos de forma desenfrenada.


El chico del cuchillo se empezó a reír, actitud que fue luego repetida por los otros dos. La chica no dejaba de gritar mientras intentaba zafarse de la mano del chico que la tenía agarrada.


   -¿De verás crees que alguien te escuchará?. - posó el filo del cuchillo sobre la cara de la chica- Tu misma dijiste que aquí no hay nadie. No debes confiar tanto en un desconocido que te asalta en mitad del bosque niña. Pero ya es demasiado tarde, ¿No crees? - la sonrisa amarillenta del chico se asomó en todo su esplendor.


Los tres se abalanzaron sobre la chica y su abuela y empezaron a golpearla fuertemente. Un primer golpe fue directo a la barbilla de la abuela que intentó proteger vanamente a su nieta de la golpiza. De nada le sirvió, ya que un segundo y tercer golpe impactaron contra el estómago y espalda de la chica que ahora estaba tumbada protegiendo con su cuerpo a su abuela.


   -Será mejor que no te resistas. Hazme caso. - por los dientes amarillentos empezó a emanar saliva.


La chica se protegía como podía e intentaba parar con su cuerpo los golpes que le daban a su abuela.

Aún así no dejaba de pedir ayuda a gritos a cada golpe dado.


  - ¡Nadie te ayudará idiota! - dijo mientras lanzaba el abrigo que le habían conseguido quitar a base de puñetazos.


Vio como su cartera salía de uno de los bolsillos dejando caer todo su contenido sobre el suelo.

La cartera se abrió dejando monedas y demás pertenencias exparcidas por la superficie.


La foto de su madre parecía estar mirando a su hija. Un extraño sentimiento se apoderó de ella.


Cierra fuertemente los ojos recordando el rostro de su progenitora. Algo en ella seguía aún creyendo que tenía ese extraño don que le habló en esa cama llena de sudor y olor a muerte.


Notaba que el augurio que su madre le dio horas antes de fallecer no se estaba cumpliendo.

De haber tenido algún tipo de don particular hubiera previsto las intenciones del chico cuando la abordó en medio del camino. Pero ya todo parecía tarde.

Por la puerta hermética que deja sus ojos se escabulle una lágrima caliente que recorre la mejilla hasta la boca. Puede sentir el sabor a salado de la gota.


Sin abrir los ojos se abraza fuertemente al cuerpo de su abuela esperando algún golpe de gracia que le quite el sufrimiento y la lleve en brazos de su madre.

   -Te equivocas.. ¡levantad las manos!. La voz provenía de la puerta.


Una pareja de la Guardia Civil, pistola en mano, les daba el alto. Aprovechando el sonido de los gritos de las dos mujeres, la pareja del instituto armado habría entrado en la vivienda sin ser escuchados por los agresores.


El del cuchillo se tiró encima de uno de los agentes cuando se escuchó el sonido sordo de un disparo.

Todo fue muy rápido, del disparo inicial le siguieron dos más que impactaron todos en el del joven del cuchillo.


Los otros intentaron escapar pero fueron interceptados por otra patrulla que acababa de llegar al lugar de los hechos. La chica seguía con los ojos fuertemente cerrados. No sabía lo que había ocurrido cuando se arriesgó a abrirlos.


La imagen la dejó desolada por un lado y tranquila por otro.

En el suelo, el cuerpo inmóvil del chico descansaba, tendido boca arriba, sobre un gran charco de sangre.


No sabía si era producto de su imaginación, pero el chico había adquirido nuevamente el atractivo personal que tenía.

El lobo de su brazo estaba siendo tapado por el rojo escarlata que brotaba del cuello y el torso, iluminado por el destello azul de los coches policiales de la entrada que entraban por la ventana.

La foto de su madre estaba impregnada de la sangre del lobo. Todo había acabado. La chica se abrazó a uno de los agentes que milagrosamente estaba allí.


Ella se preguntaba como la casualidad había conducido allí a la Guardia Civil. El agente con un nudo de garganta la abrazó. Su abuela lloraba mientras la ayudaban a incorporarse de la cama.Por su pelo canoso aún permanecian agarrados dos rulos que se resistian a caerse.

Tenía sangre por la boca y nariz. Al día siguiente los periódicos de la zona daban eco a la noticia:

Posadero y ganadero mueren supuestamente a manos de unos peregrinos.” El dueño del establecimiento encontró a los jóvenes consumiendo sustancias estupefaciente y les pidió que se marcharan de su negocio. Ante la negativa de estos a abandonar el local, el propietario, llamó a la Guardia Civil.

Fue su última llamada, ya que cuando llegó el Instituto armado encontraron su cadáver tirado en el suelo con multitud de golpes y heridas por arma blanca.

Rápidamente la Guardia Civil montó un operativo de búsqueda por los alrededores y fueron encontrados en una casa cercana, donde tenían secuestradas a una anciana y a su nieta.

Horas después hallaron el cuerpo sin vida de un vecino del anterior, ganadero de profesión, del cual se está investigando si guarda relación que los hechos o no.

Uno de los secuestradores falleció a causa de un tiroteo con los agentes mientras que los otros dos están en los calabozos a la espera de una resolución judicial.. “


Fin... ??


Helena desplazó el cursor del ratón sobre el icono del disquete.


Pinchó y guardó el documento en una carpeta titulada “La sonrisa del lobo”. Luego le dio a imprimir.


Mientras las hojas salían de la impresora produciendo ese ruido mecánico tan característico se fue a la cómoda próxima de la ventana donde tenía una taza de té aguardando ser degustada.


El sabor amargo a flor caliente le hizo reconfortarse.

Esa mañana se había levantado fría. Se asomó por la ventana para ver como un grupo de personas en bicicleta llegaban al albergue.


Dando un buen trago a su taza recogió las hojas del relato que le había mandado su profesora de Narrativa Creativa.

Lo guardó en una carpeta de cartón y lo metió en la mochila. Sacó de un destartalado cajón una pequeña libreta y pasó las páginas llenas de anotaciones. En una de ella encontró lo que buscaba. “EJERCICIO: ELABORAR UN RELATO VERSIONANDO UN CUENTO POPULAR. SE PUEDEN INTRODUCIR DATOS BIOGRÁFICOS SI TE SON DE AYUDA”.


Desenchufó el teléfono móvil de la corriente de carga y tecleó un mensaje de texto a su profesora:

   - Buenos días Sara. En breve salgo. Tengo el relato que me pediste. Me paso antes a casa de mi abuela a llevarle unas medicinas y luego en clase te doy el texto para que lo leas. A ver que tal.


Un triste y antiguo abrigo rojo con capucha descansaba sobre una silla. Podía haber cogido quizás otro mas nuevo que tenía en el armario. Pero tenía prisa y este tenía capucha que le podía ser útil en caso de lluvia.


Se guardó el teléfono en uno de los bolsillos de su chaqueta, junto a un reproductor de música.

Recogió de un caja que tenía encima del escritorio unos auriculares muy enrollados. Ya tendría tiempo de entretenerse en en devolver el statu quo del cableado una vez mas.


Salió de su habitación y bajó unas escaleras.

Vio como su padre, Marcelo, sellaba la credencial de peregrinos al grupo que acababa de llegar.

Su padre fumaba un cigarro casi consumido dejando notas de nicotina mezclada con tabaco. Una varilla de incienso con olor a vainilla se retorcía en una tablilla.


Notó como uno de esos chicos era atractivo aún con unas gafas de sol enormes. Le sonrió y ella le devolvió la sonrisa.

   - Papá, me voy - le dijo dándole un beso en sus mejillas.

   - Cuando llegues me mandas un mensaje. - respondió su padre sin levantar la vista de las credenciales. - Son diez euros por hospedaje, quince con cena – le dijo a los chavales.


Helena dejó a su padre con los peregrinos y salió al jardín.

Encima de la gran puerta un rótulo anunciaba la bienvenida al Albergue “El bordón”.

Otro cartel, mas bajo, señalizaba que a cinco kilómetros se encontraba el “Bar Chanquete, especialidad en bocadillos y tapas”.


Tardó media hora en salir del todo del albergue. Se sentó antes a leer un capítulo del libro que estaba leyendo, “Tierra de brumas” de Cristina López Barrio. La ambientación de la Galicia antigua le hace transportarse hasta un tiempo donde por pensar diferente te señalaban con el dedo.


Respiró hondo y salió por la cancela de hierro que daba directamente al sendero.

Se sacó el cabello rojizo del abrigo mientras se ponía bien la capucha sobre su mochila.


Sobre su cabeza, mas allá de las nubes, un avión surcaba el cielo.

Un frío intenso le recorrió por los brazos hasta el pecho. Notó como la piel se le ponía de gallina.

Los vellos de los brazos querían salir a explorar el mundo afuera del abrigo.


Esa mañana había mas niebla de lo normal, tanto que no se dio cuenta como una de las bicicletas empezaban a pedalear detrás suya.

Ella empezó su camino adentrándose en un sendero de niebla y misterio. -


......



Sevilla, Enero de 2025...

Manuel López Hueso .


®Obra registrada en el Registro de la Propiedad intelectual. 

LA ÚLTIMA FLECHA

Capítulo 0

El bosque había aprendido a callar.


Ya no quedaban carreteras con tráfico, ni motores lejanos, ni el rumor de una civilización respirando al otro lado de la arboleda. Solo el viento deslizándose entre los pinos y el crujido ocasional de alguna rama vencida por el peso de los años.


Un anciano avanzaba despacio entre la maleza. No caminaba: cazaba.

Cada paso era medido, evitando ramas secas, piedras sueltas y hojas demasiado quebradizas. Vestía ropa gastada de montaña cuyos colores se confundían con el bosque. A su espalda descansaba un arco recurvo olímpico. Del carcaj sobresalían únicamente diez flechas. Tenía muchas más en la cabaña, cuidadosamente clasificadas y reparadas, pero jamás le había gustado cargar con peso innecesario.


Se detuvo de golpe. Frente a él, el suelo oscuro mostraba una pequeña mancha reciente.

Se agachó con la lentitud de quien conoce los límites de unas rodillas castigadas por la edad. Hundió dos dedos en la tierra húmeda y sintió el barro frío mezclarse con unas heces todavía blandas. Las desmenuzó entre los dedos. La humedad permanecía intacta.

Se las llevó a la nariz.

Sonrió apenas.


—No puedes andar lejos…


El ciervo había pasado por allí hacía muy poco.


Mientras limpiaba los dedos sobre la hierba mojada, un recuerdo apareció sin pedir permiso: La caravana, los campings...

Las mañanas preparando café mientras ella discutía con el vecino de parcela porque siempre aparcaba invadiendo medio camino. Las noches bajo el toldo escuchando grillos en lugar de sirenas.


Qué fácil era entonces creer que el mundo siempre seguiría igual.


Alzó la vista.

A lo lejos, casi escondidas entre los árboles, se distinguían su vieja cabaña de madera, una caravana blanca ya amarillenta por los años y un turismo cubierto de polvo y musgo. Permanecían inmóviles como un pequeño museo de una vida desaparecida.


Sacudió la cabeza. No era momento para recordar.

Continuó siguiendo el rastro.


Un leve crujido lo hizo detenerse. Instintivamente contuvo la respiración.

No era precisamente un hombre silencioso. Nunca lo había sido.

Su mujer solía decir que era incapaz de entrar en casa sin despertar hasta al gato. Si llegaba tarde del cuartel, ella abría un ojo antes incluso de que dejara las llaves sobre la mesa.

Él siempre protestaba.


—¿Cómo demonios sabes que he llegado?


Ella se reía.


—Porque haces el mismo ruido que un tanque.


Había servido más de treinta años en el Ejército de Tierra. Subteniente de Intendencia. Su guerra consistía en cuadrar facturas, revisar contratos de proveedores y asegurarse de que nunca faltara material en el cuartel. Un militar de despacho, solían bromear algunos.

Ni siquiera él llegó a comprender los extraños movimientos de tropas que comenzaron aquellos días.

Precisamente, ahora que le habían concedido la jubilación, decidió tomarse unas vacaciones.

Camping, Caravana, Su mujer.


Y después…


No. Todavía no.

Apartó el pensamiento antes de que pudiera terminar. Entonces lo vio.


A unos cuarenta metros, un ciervo pastaba tranquilo entre unos helechos.

El viento soplaba de cara.

Perfecto.


Con absoluta lentitud descolgó el arco. Colocó una flecha sobre el reposaflechas y encajó el culatín en la cuerda con un leve clic apenas audible. Elevó el arco hacia el objetivo.

La mano izquierda empujó la empuñadura mientras la derecha inició una tracción uniforme, llevando la cuerda hasta el anclaje en la comisura de los labios. Los hombros descendieron. El pecho permaneció relajado. Notó cómo las escápulas se aproximaban lentamente, alineando toda la espalda en un único esfuerzo contenido.


Respiró.


El punto de mira quedó inmóvil sobre el cuello del animal.

Entonces cometió un error de principiante.

Cerró los ojos una fracción de segundo. La suelta fue limpia, la flecha no.


El proyectil silbó sobre la maleza y desapareció entre los arbustos.


El ciervo levantó la cabeza. Miró a su alrededor sin comprender.

Seguía sin localizar el peligro.


El anciano maldijo para sí.

No por la flecha perdida sino por el fallo.




Todavía podía hacerlo mejor.


Inspiró despacio. Extrajo una segunda flecha.

Repitió cada movimiento, corrigiendo los errores de la tirada anterior. La presión de la mano sobre la empuñadura. La alineación de los hombros. El anclaje firme. La vista fija. Los dos ojos abiertos.

Aquella flecha significaba comida para varios días. No había margen para otro fallo.


La cuerda abandonó sus dedos.

La flecha atravesó el aire con un zumbido seco. Impactó limpiamente en el cuello del ciervo.


El animal salió despedido en una carrera desesperada, impulsado más por el instinto que por la fuerza. Dio varios saltos desordenados, perdió estabilidad y terminó desplomándose entre los helechos.


Cuando el anciano llegó hasta él, aún respiraba. Se arrodilló a su lado.

Sacó despacio un viejo cuchillo militar de la funda del cinturón.


Los ojos del animal ya comenzaban a apagarse.

Con un movimiento firme le hundió la hoja en el cuello para poner fin a su sufrimiento.


Esperó unos segundos. Solo entonces habló.


—Perdón…


Su voz apenas fue un susurro.


—…pero me haces falta.





Capítulo 1

Cuando empezó todo


Aquel viernes salió del cuartel dos horas antes de lo habitual. Le habían hecho una fiesta de jubilación. Se puso su uniforme mas reluciente. Ese día harían fotografías y no quería salir de civil como un viejo jubilado cualquiera.


Dejó el coche frente a casa y, antes incluso de cerrar la puerta, percibió el aroma del café recién hecho mezclado con el perfume de Julia.

Ella iba de un lado para otro con una lista en la mano mientras sujetaba el teléfono entre el hombro y la oreja.


—Sí, cariño… ya lo sé… volveremos el domingo por la tarde.


Sonreía mientras hablaba con su sobrina.

Al verlo aparecer, dejó un momento de doblar la ropa, se acercó, le dio un beso rápido en los labios y volvió a la conversación sin despegar el teléfono de la cara.


Él dejó la mochila con algunos obsequios que le habían dado los del cuartel sobre una silla y comenzó a desabrocharse la guerrera del uniforme.

Treinta y cinco años de servicio en el Ejército de Tierra. Subteniente de Intendencia.

Nunca había disparado contra un enemigo. Su guerra siempre habían sido expedientes, almacenes, proveedores y facturas.


Julia lo miró de reojo.


—Date prisa con las maletas. No quiero que nos pille el atasco.


Él levantó una mano en señal de obediencia.


—Cinco minutos. - pidió como quién los pide a un superior jerárquico .

Entró en el baño mientras el agua caliente comenzaba a llenar la bañera.


No tuvieron hijos. Lo habían intentado todo.

Especialistas, tratamientos, inseminaciones, fecundación in vitro…

Nada.

Con los años aprendieron a vivir con aquella ausencia sin dejar que destruyera lo que habían construido juntos.

La familia eran ellos dos…y Timmy.

El pastor alemán recorría el pasillo moviendo la cola con tanta fuerza que golpeaba los muebles.


Reconocía las maletas. Sabía lo que significaban.

Camping, Bosque, Libertad.



Dos horas después circulaban por la autovía. Delante avanzaba el viejo turismo.

Detrás, perfectamente enganchada, la caravana seguía cada movimiento del coche como una prolongación de este.

Era pequeña, pero acogedora.


Una cama fija ocupaba la parte delantera. En el centro había un comedor convertible con una mesa de madera clara. A un lado, una cocina compacta con un fregadero de acero, un frigorífico diminuto y una cocina de gas de dos fuegos. Al fondo, un aseo donde apenas cabía una persona.

No necesitaban más. Aquel pequeño espacio era su hogar cada verano.


Timmy viajaba cómodamente en la parte trasera del coche, separado por una rejilla metálica. Miraba por la ventanilla con la lengua fuera, disfrutando del aire.




Él encendió la radio.


“…continúan los disturbios en distintos barrios de Sevilla. Las autoridades confirman varios fallecidos, entre ellos agentes de policía. Se recomienda evitar los desplazamientos…”


Frunció el ceño.


—Qué raro…


Julia alargó la mano y cambió de emisora.

La voz del locutor desapareció. Los primeros acordes de A quién le importa, de Alaska y Dinarama, llenaron el coche.

Ella subió el volumen.


—Estamos de vacaciones.


Y comenzó a cantar.


Él terminó riéndose.



Llegaron al camping poco antes del anochecer.

Era uno de los más grandes de la sierra de Huelva.

Un enorme cartel anunciaba su bienvenida. "Camping La Bota Roja"... rapidamente supo el porqué de ese nombre. El suelo estaba lleno de una fina arena roja que se quedaba incrustada a los zapatos. 


Las parcelas se distribuían bajo enormes alcornoques y pinos centenarios. Había dos piscinas, pistas deportivas, una pequeña discoteca al aire libre, un bar con terraza y un supermercado donde podía comprarse desde pan recién hecho hasta bombonas de gas.

Más de trescientas personas disfrutaban allí del comienzo del verano.



Varias familias ocupaban las cabañas de madera.

Decenas de caravanas llenaban las parcelas principales.

Grupos de jóvenes montaban tiendas de campaña mientras sonaban altavoces portátiles.

En una explanada cercana, unos cuarenta y cinco niños vestidos con uniformes de boy scout recibían instrucciones de un sacerdote de mediana edad.


Todo respiraba tranquilidad. Todo parecía normal.


Montaron el avance de la caravana, sacaron una mesa plegable y cenaron bajo las estrellas.


Más tarde, cuando el camping quedó envuelto por el silencio, compartieron un momento de intimidad antes de acostarse.

El canto de un grillo fue el último sonido que recordó antes de quedarse dormido.



Se despertó sobresaltado.


Tac.


Tac.


Tac… tac… tac…


Abrió los ojos. Aquello no era un petardo.

Eran disparos lejanos.


Quizá desde el pueblo, a unos tres kilómetros.

Se incorporó de inmediato.


Buscó los pantalones.


Julia apenas abrió un ojo.


—Vuelve a la cama…


Se tapó hasta los hombros.


—Estamos de vacaciones…


Él sonrió sin responder.


Timmy permanecía de pie, conlas orejas erguidas gruñendo.


Cogió una linterna y salió acompañado del perro.

El aire olía a humedad.


Y entonces sonó otro disparo mucho más cerca.

Después, una sirena. Las luces azules comenzaron a atravesar los árboles.


Otros campistas también abandonaban sus parcelas.

Todos caminaron hasta la entrada junto al propietario del camping, un hombre delgado, nervioso y con un bigote imposible que recordaba al de Salvador Dalí.


El todoterreno de la Guardia Civil frenó levantando una nube de polvo.

Del asiento del conductor descendió un cabo primero con el uniforme desgarrado.


El rostro completamente cubierto de sangre que no era la suya.

Respiraba con dificultad.


—¡Escúchenme todos! ¡Tienen que abandonar el camping inmediatamente!


El dueño dio un paso al frente.


—¿Qué demonios está pasando?


—No hay tiempo para explicaciones.


El sacerdote apareció acompañado de varios monitores.


—Tengo cuarenta y cinco niños. El autobús debe recogerlos al amanecer. No puedo moverlos ahora.


El guardia civil negó con la cabeza.


—Padre, olvide el autobús. Si quieren vivir, salgan andando.


El anciano dio un paso adelante.


—Subteniente del Ejército de Tierra. ¿En qué podemos ayudar?


El cabo primero respiró hondo.


—Organice a la gente. Mantenga la calma. Nadie debe…


Se interrumpió.

Un ruido que sabían no no eran motores.


Parecía una estampida.


Todos giraron la cabeza.

La oscuridad comenzó a moverse.


Primero fueron sombras. Luego figuras.


Después…


Personas, o lo que parecían personas.


Corrían demasiado rápido.


Sus cuerpos estaban cubiertos de sangre. Algunos tenían la piel desgarrada. Otros arrastraban miembros fracturados que parecían no importarles. Había rostros sin labios, ojos completamente blancos, mandíbulas abiertas hasta límites imposibles.

Y todos emitían un alarido animal.


Nadie entendía qué estaba viendo.

Aquello era imposible.


Los muertos no corrían...Los muertos ni siquiera existían.


—¡Fuego! —gritó el cabo primero.


Disparó.


Uno de aquellos seres cayó al suelo con el pecho atravesado.

Dos más ocuparon inmediatamente su lugar.

El guardia civil intentó retroceder pero no llegó a dar dos pasos.

Lo alcanzaron.


Uno le mordió el cuello, otro le arrancó parte de la mejilla.

Un tercero hundió los dientes en su hombro mientras el cabo seguía disparando casi por instinto hasta que desapareció bajo una masa de cuerpos que lo despedazaban entre gritos desgarradores.


El sacerdote echó a correr.


—¡Niños! ¡Conmigo!


Decenas de aquellas criaturas cambiaron de dirección y fueron tras él.

Los primeros gritos infantiles rompieron la noche.


El subteniente corrió hacia su parcela.

Tropezó con una raíz de un viejo árbol que sobresalía .


Cayó de bruces.

La linterna salió despedida y se hizo añicos contra una piedra.


Una de aquellas criaturas se lanzó sobre él.

Timmy apareció como un rayo, saltando directo al cuello del atacante.


El impacto dio al anciano el tiempo suficiente para levantarse.


—¡Vamos!


Perro y hombre desaparecieron entre la oscuridad.


A su espalda seguían oyéndose disparos.


Después…Solo gritos.


Los del sacerdote, los de los niños.

Los de hombres y mujeres muriendo en mitad del camping.


Encontró la parcela casi a ciegas.

La caravana seguía enganchada al coche. Todo parecía exactamente igual, como si el horror hubiese decidido respetar aquel pequeño rincón.


—¡Julia!


No obtuvo respuesta.


—¡No salgas! ¡Quédate dentro!


Abrió la puerta del conductor.


Timmy saltó al asiento trasero. Giró la llave.

El motor rugió.


Los faros atravesaron la oscuridad.

Entonces los vio. Cientos, o quizás más.


Algunos levantaron la cabeza hacia la luz.

Otros seguían alimentándose de los cuerpos de varias parejas que habían acampado en tiendas de campaña. Las lonas estaban completamente teñidas de rojo.


Pisó el acelerador.

El coche avanzó hacia la salida.


Y entonces…La vio...Julia.


Forcejeaba con una de aquellas criaturas, mientras otra ya le desgarraba el brazo.


Frenó de golpe. La puerta casi llegó a abrirse.

Pero su cuerpo dejó de obedecerle. El miedo lo inmovilizó.

Solo pudo bajar la ventanilla.


—¡¡¡Julia!!!


Ella levantó la vista. Lloraba.


Lo miró directamente a los ojos, y sonrió con una tristeza infinita.


—Vete…


Las lágrimas resbalaban por su rostro.


—…recuerda que estás de vacaciones.


Antes de que pudiera responder, varias de aquellas criaturas se abalanzaron sobre ella.


Él cerró los ojos.


Pisó el acelerador y huyó con el corazón desbocado. Llorando como jamás había llorado.

No volvió la vista atrás.


Horas después, cuando el amanecer comenzaba a teñir de gris las montañas, encontró una pequeña cabaña de madera junto a un camino forestal.


Estaba vacía. No había señales de vida, ni de muerte, solo silencio.


Aparcó el coche. Acarició la cabeza de Timmy. Sus botas aún tenían el rojo de la arena del camping.


Y, sin saberlo todavía, comprendió que aquel lugar sería su nuevo hogar.



Capítulo 2

La rutina del superviviente


El anciano regresó a la cabaña cuando el sol comenzaba a esconderse tras los pinos.

Empujó la vieja puerta de madera haciendo que las bisagras protestaran con un largo gemido.

Dentro olía a humedad, leña vieja y tierra mojada. No era un olor desagradable. Era el olor del hogar.


Dejó el cuerpo del ciervo sobre la desgastada mesa de la pequeña cocina.


Después caminó hasta la chimenea.

Colocó varias ramas secas y dos troncos que había cortado semanas atrás. Sacó una caja metálica protegida con mimo del agua y prendió unas virutas de corteza de pino. Poco a poco las llamas fueron creciendo hasta abrazar la leña.


El crepitar del fuego rompió el silencio. El calor comenzó a recorrer la estancia.

Primero calentó sus manos. Después sus piernas.

Finalmente fue devolviendo la vida a unos huesos castigados por los años y por demasiadas noches de invierno.


Respiró profundamente.

Era uno de esos pequeños placeres que seguían recordándole que aún estaba vivo.


Junto a la puerta descansaba una fotografía enmarcada. Él y Julia...París.

La Torre Eiffel aparecía desenfocada al fondo mientras ambos sonreían con la despreocupación de quienes creen que el tiempo les pertenece.


A su lado colgaba uno de los pocos trofeos que había conseguido conservar.

Primer Clasificado. Campeonato de Cáceres. Tiro con Arco.

El resto habían quedado olvidados para siempre en la casa que jamás volvió a pisar.

Aquel, por casualidad, viajaba dentro de la caravana junto al arco.


Lo observó durante unos segundos.

Había sido bueno. Muy bueno.

Quizá demasiado.


Apartó la vista. No le gustaba vivir de recuerdos.

Tomó el cuchillo militar y comenzó a despiezar el ciervo.

Cada corte era limpio, preciso.

Separó las patas, los lomos y las piezas aprovechables con la calma de quien ha repetido aquella tarea decenas de veces.

La sangre cubrió rápidamente la mesa de madera.


Por un instante volvió a ver el camping.

La oscuridad, los gritos, la sangre...

Sacudió la cabeza.


No, no iba a permitir que los recuerdos le robaran otra noche.


Abrió varios recipientes repletos de sal gruesa.

Introdujo cada pieza de carne entre gruesas capas blancas hasta cubrirla por completo.


La sal había conservado alimentos durante miles de años. Los romanos pagaban parte del sueldo de algunos soldados con ella. De aquella costumbre nacía la palabra salario.

Él lo sabía.

Había servido toda una vida en Intendencia.


Cuando todo desapareció comprendió que sobrevivir no consistía en encontrar mucho, sino en saber administrar muy bien lo poco que se tenía.

Aquella sal la había conseguido meses atrás durante una incursión en un supermercado abandonado.


Había perdido la cuenta del tiempo.


¿Meses?.. ¿Un año?


Tal vez más.


Los días habían dejado de importar, solo existía el siguiente amanecer.


Recordó aquella salida.


El establecimiento estaba completamente vacío, los estantes aparecían volcados.

El suelo seguía cubierto de sangre seca, carros abandonados y restos humanos que nadie se había molestado en retirar.


Encontró cientos de flechas de carbono en una tienda deportiva cercana.

También un enorme cuchillo de monte, cinco bombonas de camping gas, cuerda, pilas y todo el material de acampada que pudo transportar.


Cometió el error de permanecer demasiado tiempo dentro.

Cuando salió, una veintena de aquellos seres ya rodeaban el edificio.


Corrían...Olfateaban.

Emitían unos gruñidos profundos que parecían salir de gargantas desgarradas.


No tenía escapatoria.


Entonces recordó un viejo pedernal que llevaba siempre en la mochila.

Encendió una antorcha improvisada con un palo y un trozo de tela empapado en alcohol.


Las llamas iluminaron la noche. Y ocurrió algo inesperado...


Las criaturas retrocedieron. No huían.

Pero temían acercarse al fuego.


Aquello le permitió abrirse paso y escapar.


Desde entonces jamás abandonaba la cabaña sin un pedernal.


Los primeros meses todavía existía una voz al otro lado del mundo.

Cada mañana sintonizaba Radio Nacional de España. Las noticias eran cada vez peores.


Madrid, Barcelona, Lisboa, París, Roma...


Una ciudad tras otra caían como fichas de dominó.


Los científicos hablaban de una enfermedad desconocida.

Los militares, de un enemigo imposible.

Nadie se ponía de acuerdo.


Aquello no tenía nada que ver con la pandemia del COVID que tantos años atrás había paralizado el planeta. Esto era diferente.


Los muertos regresaban. No todos, algunos permanecían inmóviles para siempre.

Otros despertaban con una única necesidad...Alimentarse.


La radio fue apagándose poco a poco.

Primero dejaron de emitirse los programas habituales.

Después desaparecieron las entrevistas. Más tarde solo quedaron boletines de emergencia.

Hasta que una mañana…Silencio.


Nunca volvió a escuchar una sola voz.


Su vida terminó convirtiéndose en una rutina casi perfecta.


Se levantaba al amanecer.


Recogía agua del riachuelo cercano y la hervía durante varios minutos. Después añadía unas agujas tiernas de pino.


La infusión era amarga.

La primera vez estuvo a punto de escupirla.

Ahora ya no concebía comenzar el día sin aquel sabor.


Había intentado pescar pero nunca tuvo paciencia para ello.


Prefería confiar en el arco. Conejos, palomas....Algún perro salvaje.

A veces un corzo.

Y, con mucha suerte, un ciervo como el de aquel día.


También recogía moras, bellotas, castañas y cualquier fruto silvestre que el bosque quisiera regalarle.


Mientras pudiera conseguir agua y comida seguiría respirando.


Cuando caía la noche encendía una vela.


Leía una y otra vez.


La Odisea era su compañera favorita. Conocía algunos pasajes casi de memoria.

También conservaba dos novelas de vampiros adolescentes que Julia adoraba.

Nunca logró entender qué les veía. Aun así las releía.

Porque en sus páginas todavía quedaban las huellas de sus dedos.


Cuando el sueño llegaba, apagaba la vela y el bosque recuperaba el silencio.


Y así transcurría un día.

Y otro.

Y otro más.


Ignoraba que, ocultas entre los árboles, varias figuras inmóviles observaban la tenue luz que escapaba por las rendijas de la cabaña.


No emitían sonido alguno.


Solo miraban y esperaban...



Capítulo 3

El último amanecer


Un golpe seco lo despertó.

Abrió los ojos de inmediato. El corazón comenzó a latir con fuerza.

El ruido había venido del exterior...De la caravana.


Durante tanto tiempo se había acostumbrado a la soledad que había terminado creyendo que aquel rincón perdido del bosque era invisible para el resto del mundo.

Jamás había visto un solo infectado por aquellos alrededores.

Hasta esa noche.


La lluvia golpeaba con fuerza el tejado de la cabaña.


Timmy permanecía junto a la puerta, inmóvil. Mostraba los dientes.

Gruñía en voz baja. Había olido algo.


El anciano se incorporó lentamente.

Tomó el arco.

Abrió el carcaj y contó las flechas.


Diez, las de siempre.


Alargó la mano hacia el enorme cuchillo de monte apoyado junto a la entrada.


Dudó unos segundos.


Finalmente lo dejó allí.


—Quédate aquí… —susurró mientras acariciaba la cabeza del pastor alemán—. Y si la cosa se pone fea… ven a ayudarme.


El perro movió apenas la cola.


También estaba viejo.


También había sobrevivido demasiado. Él sentía que, al menos esta vez, debía ser quien protegiera.

No como aquella noche…No como con Julia.


Salió bajo la lluvia.

La cuerda del arco ya sostenía una flecha.


Avanzó despacio.

Cada gota parecía amplificar el silencio.

El amanecer comenzaba a teñir de gris el bosque.

Los primeros rayos de luz atravesaban la lluvia como agujas de plata.


La puerta de la caravana estaba abierta de par en par.


—¡Alto! —gritó esperando que fueran otros supervivientes vivos como él.


Esperó...Nada.


Solo el sonido del agua golpeando el techo de aluminio.

Continuó avanzando.


Sujetó el arco con la mano izquierda mientras empujaba lentamente la puerta con la derecha.


El interior era un caos.

Cajones abiertos, ropa por el suelo...

Pero no veía a nadie.


Retrocedió un paso.


Entonces lo escuchó...Un gruñido muy cerca.

Junto a la cama.


La oscuridad ocultaba lo que hubiera allí.


No lo pensó. Soltó la cuerda.

La flecha desapareció en la penumbra..Un impacto seco.


Después un chillido inhumano.


Una figura salió disparada hacia él. Tenía la flecha atravesándole el cráneo.


Aun así siguió avanzando dos pasos más antes de desplomarse a escasos centímetros de sus botas.


Muerto...Esta vez para siempre.


En ese mismo instante escuchó los ladridos desesperados de Timmy.


Corrió.


La lluvia empapaba su ropa mientras atravesaba el claro.


Cuando llegó a la cabaña vio al perro aferrado al cuello de uno de aquellos seres.

Sacudía la cabeza con todas sus fuerzas.


Dos infectados más aparecieron entre los árboles. Se lanzaron sobre él.

Timmy apenas tuvo tiempo de gemir.


Los tres cuerpos desaparecieron bajo una masa de mordiscos y sangre.


—¡¡¡Timmy!!!


El anciano sintió que algo se rompía dentro de él.


Entró en la cabaña. Cogió el gran cuchillo de monte.


Uno de los infectados levantó la cabeza.


De un tajo horizontal le separó la cabeza del cuerpo.

El cuello ofreció poca resistencia.


La carne estaba seca como sin tensión.

Como cortar una rama podrida.


El segundo se abalanzó sobre él.

Logró esquivarlo por centímetros.


Retrocedió hasta la habitación a oscuras.


El corazón golpeaba con tanta fuerza que apenas podía respirar.


Sacó el pedernal. Con manos temblorosas prendió una esquina de la sábana.

Las llamas comenzaron siendo pequeñas. Después crecieron.


Los infectados retrocedieron.

Como siempre. Temían el fuego.

Pero la cabaña era de madera. Y el fuego jamás distingue entre amigo y enemigo.


En pocos segundos las llamas comenzaron a trepar por las paredes y el techo.


El humo inundó la habitación.


Los infectados permanecían inmóviles, observando el incendio.


Habían abierto un pequeño hueco, una salida.


Era ahora o nunca.


El anciano reunió las últimas fuerzas que le quedaban. Corrió.

Atravesó el pasillo.

La puerta estaba a pocos metros.


Entonces se detuvo.


Sobre una pequeña estantería permanecía el marco de madera.

Él y Julia... París .


Como si el mundo nunca pudiera romperse.


Tomó la fotografía.


Una lágrima resbaló por su mejilla.


—No iba a dejarte otra vez…


Se volvió hacia la salida pero algo le sujetó el tobillo.

Cayó violentamente al suelo.


La rodilla golpeó el viejo entarimado.

Sintió un chasquido. Un dolor agudo le atravesó la pierna.


Antes de reaccionar, unos dientes se hundieron en su antebrazo.

El dolor fue insoportable.


No era un corte.


Era una presión brutal que trituraba carne y músculos mientras la sangre comenzaba a brotar a borbotones.


Gritó.


Con la mano libre hundió el cuchillo una y otra vez hasta apartar al atacante.


Intentó incorporarse, pero otra mano volvió a agarrarle la pierna.


Miró hacia abajo. Y el tiempo dejó de existir.


Era ella...Julia.


Su rostro estaba irreconocible.

La mitad del brazo había desaparecido. La piel colgaba en jirones.

Los ojos, completamente blancos, parecían mirar a ninguna parte.


Aun así…


Él la reconoció al instante.


—Julia…


Su voz se quebró.


—Soy yo…


Las lágrimas se mezclaban con la lluvia que entraba por la puerta abierta y con el humo que llenaba la estancia.


Le mostró la fotografía.


Sus manos temblaban sin control.


—Mira…


Acercó el marco a su rostro.


—Aquí éramos felices…


En París…


¿Lo recuerdas?


Ella permaneció inmóvil. La cabeza se inclinó ligeramente.

Como si en algún rincón remoto de aquel cuerpo muerto aún quedara una chispa de memoria.


El anciano comenzó a llorar.

No podía dejar de hacerlo. Le dolía el brazo, la rodilla, el pecho...

El corazón golpeaba con tanta fuerza que apenas podía respirar.

Todo su cuerpo temblaba.


Alargó lentamente la mano sana.


—Ven…


Dame la mano.


Julia levantó despacio la vista.


Durante un instante eterno, él creyó verla regresar.


Creyó reconocer a la mujer que había amado durante toda una vida.

Creyó que aún era posible.


Entonces ella abrió la boca.

Y se lanzó directamente sobre su cuello.


El dolor fue inmediato. Caliente.

Desgarrador.


Sintió cómo los dientes atravesaban la piel y rompían las arterias mientras la sangre escapaba en violentos latidos.


Ya no tuvo fuerzas para gritar.

Solo pudo cerrar los ojos.


En su último instante de conciencia recordó al ciervo.


Recordó cómo aquel animal lo había mirado mientras la vida abandonaba lentamente sus ojos.


Entonces comprendió que ahora era él quien ocupaba su lugar.


Y mientras Julia devoraba el cuerpo del hombre que nunca dejó de amarla, el fuego terminó por envolver la vieja cabaña.


Fuera, la lluvia siguió cayendo sobre el bosque.


Como si el mundo jamás hubiera conocido a aquel anciano, a su perro… ni a la mujer a la que amó hasta el último aliento.



FIN



Todos los derechos reservados 

Día de resaca

En breve será subido con espacios. 

Codex Alimentarius es una antología literaria ideada por el escritor Román Pinazo sobre un futuro distópico donde la alimentación está siendo adulterada para la población mas pobre, que hartos de todo se sublevan contra la autoridad establecida con un único motivo: comer carne fresca.



Día 1

A esa hora de la mañana era el único momento del día en el que podía decirse que hacía frío. Ni los gatos paseaban por la calle. Tan solo el humo de su cigarro calentaba la atmósfera en ese oscuro apeadero. Con cada calada que le daba a su canuto de cáncer, como le gustaba llamarlo, recordaba los polvos que había echado la noche anterior con esas dos fulanas que conoció en ese antro de mala muerte. Una, gorda como una ballena, la otra con menos carne que un gorrión, pero ambas tenían algo en común: les gustaba juntar la coca y el sexo. Esa calidez que le daba esa cama, sin duda buena por la caña que le dieron, se vio mermada al sonarle alarma. Quisiera o no, era hora de levantarse para hacer algo por la patria. Ser vigilante en FESTA (Ferrocarriles Estatales) no era, ni mucho menos, el trabajo que Gabriel había soñado. Ni siquiera podía decirse que fuera digno. Pero al menos le daba lo justo para sobrevivir a final de mes.

 Poco a poco, ese maldito apeadero se fue llenando con las pocas personas que, como él, habían tendido que levantarse a las cinco de la mañana. Un hombre de mediana edad con un maletín, una señora mayor con el pelo enlacado hasta el tuétano, y cómo no, dos pijas universitarias, una de las cuales parecía tener un buen culo bajo esos vaqueros ajustados. Con los precios que se gastaba FESTA en los billetes de tren, prácticamente solo lo cogían la gente adinerada y los estudiantes, ya que el centro educativo les pagaba el abono. El resto de la gente se movía embutida en autobuses eléctricos. Normalmente, también solía haber mendigos por allí, molestando a la gente y buscando que les echaran a palos,  pero justo esa mañana no había ni uno. Tal vez fuera por la presencia de una patrulla de la Guardia Civil. Nada más ver a los agentes, Gabriel tiró lo que le quedaba de cigarro casi por acto reflejo. Las multas ascendían hasta casi alcanzar el salario mínimo, y parecía que iba a llevarse una. Uno de los dos agentes, el que tenía aspecto de ser de mayor rango, se fijó en él y ambos se le acercaron. Estoy jodido, pensó.

–  Buenos días.

–  Buenos días, compañeros – respondió el inseguro vigilante, intentando aparentar tranquilidad –. ¿En qué puedo ayudarles?

–  Sargento Cobos, comandancia de La Rinconada. El tren 0456 ha requerido presencia policial en ruta. Desconocemos el motivo, seguramente se trate de un mendigo o un borracho que no ha querido pagar billete, pero nos vendría bien un poco de retaguardia por si acaso. No sería la primera que vez que intentan escaparse. Como no tienen nada que perder, pues…

–  Claro, hombre. Para eso estamos.

 En las estaciones tenían ese tipo de altercados casi a diario. Estaba más que acostumbrado a lidiar con indeseables. Gabriel suspiró por dentro, aliviado de haberse librado de la multa, pero ese bienestar le duró poco. El sargento Cobos siguió hablando.


Eso sí, mejor quédate detrás. Agradecemos tu ayuda, pero recuerda que solo eres un segurata y podrías entorpecer nuestra labor.

 Le fue imposible evitar mirar a ese agente como quien mira una mierda recién cagada. Era por este tipo de cosas por las que no consideraba digno el trabajo que tenía. Siempre había algún listillo con aires de superioridad que le tocaba los cojones. Hubiera preferido pagar la multa y haber tenido que esperar dos meses para poder echar otro polvo en condiciones.

–  ¿Entendido? – preguntó el sargento en un tono severo. Debía haber notado su gélida mirada.

–  Claro, no te preocupes. Me mantendré al margen a no ser que se me requiera – contestó de con una sonrisa exageradamente complaciente. A pesar de su sarcástica respuesta, parecía que el Guardia Civil estaba satisfecho, pues sin más le dio la espalda y se dirigió hacia su compañero. A pesar de la distancia, pudo oír que hablaban de las revueltas la noche anterior en Madrid. No obstante, lo que le interesaba a Gabriel no era su tema de conversación, sino hacia dónde miraban. Buscó el momento perfecto para lanzar a la vía de una patada la colilla que ocultaba bajo su pie, hasta que lo encontró. Al cabo de unos minutos, la megafonía del apeadero anunció la llegada del tren 0456. La gente se fue colocando para coger el mejor sitio en el convoy y no ir de pié todo el trayecto. Gabriel se acercó a la patrulla de la Guardia Civil, manteniendo la distancia ordenada. La joven de los vaqueros ajustados le dio un codazo por accidente. Ambos se miraron, restando importancia a lo sucedido.

 El andén era ahora un hervidero de gente, sobre todo estudiantes perezosos que se habían levantado con el tiempo justo para llegar y coger el tren sin tener que esperar demasiado. Aunque también habría quien, debido a la presencia de la Guardia Civil, hubiera preferido quedarse fumando fuera, al lado del mendigo que cada mañana pedía alguna transferencia pequeña para "poder coger el tren" o algún cigarro a medias.

 El 0456 se iba acercando. Debía tener alguna avería, pues llevaba las luces apagadas. El sistema automático de frenado sí funcionaba bien y paró justo en el lugar indicado. Pero de nuevo, otro fallo. Las puertas no se abrían. Algo iba mal. Todo el tren permaneció así cerca de un minuto. Detenido, a oscuras y con las puertas bloqueadas. Hasta que, de repente, una mano ensangrentada dio desde dentro un fuerte golpe contra uno de los cristales.

–  ¡Segurata, el llavín! – gritó el sargento. Aunque sus maneras le seguían tocando los cojones, le llevó lo que pedía sin rechistar. Había que desbloquear la puerta para averiguar qué demonios pasaba. El Guardia Civil introdujo la herramienta con cautela. De nuevo, se escuchó un fuerte golpe dentro del convoy. Algo le llevó a Gabriel a quitar el corchete de seguridad de su funda y acariciar el mango del Crosman, como si estuviera en una película del oeste. Tras un movimiento brusco, la puerta se abrió solo parcialmente.

¡Atrás! ¡Aparta a esta gente! – ordenó el sargento a su compañero. Introdujo una mano por la hendidura superior de la puerta y tiró con fuerza para accionar el desbloqueo manual. Después la abrió del todo. En el interior solo había silencio y oscuridad. Desenfundó su arma y subió el primer escalón.

–  ¡Guardia Civil! – gritó subiendo los escalones del vagón. De repente y ante asombro de todos los que estaban en el apeadero, un individuo con el rostro ensangrentado saltó hacía el sargento tirándole de espaldas al andén. A este le siguieron algunos más que, como locos, se abalanzaron sobre él. Uno de esos pasajeros le mordió la cara, desgarrándole la mejilla derecha casi por completo. A gritos de dolor del Guardia Civil les siguieron los de pánico de los demás presentes. Gabriel, en cambio, permanecía en silencio contemplándolo todo, ni con regocijo ni con una especial aprensión. El joven compañero del sargento reaccionó sacando su pistola y disparando a la multitud encolerizada, la cual atacaba ya no solo a los agentes, sino a todos los pijos del apeadero. Los que trataban de huir se veían acorralados por los tornos de seguridad. Mientras unos caían al suelo, otros se les echaban encima buscando morder carne. Los gritos, tanto de rabia como de pánico, no hacían más que aumentar. Había sangre por todas partes.

 Gabriel ayudó a un hombre de mediana edad a incorporarse mientras disparaba con su revólver, sin tener claro si estaba abriendo fuego contra esos caníbales o contra gente normal. Los demás viajeros lograron abrir la puerta de emergencia y muchos pudieron salir corriendo. Gabriel se unió a ellos, siguiendo a la chica de los vaqueros ajustados. Incluso en esa situación, no podía dejar de mirar un buen culo. Detrás de él, el mendigo pasaba desapercibido por la multitud enloquecida. A pocos metros del apeadero se encontraba una discoteca en la que, a esa hora de la mañana, solo quedaban borrachos y buitres que esperaban irse a la cama acompañados. Alguno de los que huían fueron a buscar refugio en la discoteca. Otros, como él, corrían en dirección al Gran Teatro del pueblo. Miró hacia atrás y vio como una multitud enfurecida, con ropas y rostros ensangrentados, corrían tras ellos sin ningún motivo aparente. ¿Qué demonios les pasaba? ¿Estaban afectados por un virus o algo así? Algunos de esos dementes giraron hacia la discoteca, otros seguían al grupo de Gabriel, que se tuvo que apretar el ritmo. Un disparo se escuchó en la lejanía. De la discoteca salían gritos. El vigilante del teatro había abierto las puertas del recinto para resguardar a los que pedían protección, pero aún faltaba unos cien metros para llegar.

–  ¡Date prisa, compañero! ¡Tengo que cerrar ya! – gritaba el hombre uniformado igual que Gabriel. Éste iba a echar un pulmón por la boca, pero aún así corrió con todas sus fuerzas. Le sacaba bastante ventaja a esos cabrones. Cuando por fin alcanzó el teatro, ayudó al guardia y a otro hombre a cerrar el pesado portón. Luego echaron una cancela con llaves. En el interior, una veintena de personas se miraban unas a otras aterradas, sin explicarse qu´w era lo que acababan de presencia y por qué actuaba así esa gente.

Gracias, compañero – dijo Gabriel mientras recuperaba el aliento – No tendrás por ahí una aspirina, ¿no? Ente la resaca brutal que tengo y la carrera, ahora mismo no puedo ni pensar.

–  Enseguida te busco una. Pero te agradecería que no fumaras dentro – respondió el vigilante al ver que sacaba el paquete de tabaco de su camisa. Era un hombre de unos sesenta años, regordete y con una poblada barba blanca. No parecía estar para muchas emociones fuertes.

–  He tenido una noche fabulosa y una mañana horrible. No me niegues un puto cigarro hombre. Tendré cuidado de no molestar ni quemar nada. Me aparto ahí si quieres. Pero por favor, tráeme esa aspirina.

–  Está bien... – titubeó el vigilante del teatro. De forma resignada, se dio la vuelta y fue hacia el botiquín. Aliviado por seguir con vida, Gabriel le dio por fin una plácida calada a su cigarro y evaluó la situación. Una horda de exaltados le arranca la cara a bocados al sargento, que aunque fuese un hijo de las mil putas no merecía morir así. Muchos echan a correr como pollos sin cabeza, mientras otros caen devorados como salchichas. El jodido mendigo pasa sin ser visto por esos putos desquiciados. Algunos se meten en la discoteca y escucho gritos de dolor, otros, llegamos hasta aquí agradecidos porque el rechoncho compañero nos haya dado refugio... ¿Y que tenemos aquí? Veinte personas tiradas en el suelo. Con ataques de ansiedad, llorando, rezando o cagadas literalmente de miedo... Y lo peor de todo, solo me quedan cuatro balas.

 Mientras reflexionaba, la joven de los vaqueros se acercó a Gabriel. Éste temió que fuera a decirle que allí no se podía fumar, pero muy al contrario, le pidió un cigarro. Volvió a sacar el paquete y le ofreció uno.

–  Me llamo Sara.

–  Gabriel.

–  Soy estudiante de enfermería. En lo que pueda ayudar, cuenta conmigo.

–  Gracias. Ahora mismo no creo que puedas hacer mucho, salvo ayudar a que estos se tranquilicen. Por cierto, ¿conoces algún remedio para la resaca?

          Ella le sonrió.

–  Sí. No beber tanto.

 Se dio la vuelta moviéndose con soltura. Gabriel no pudo evitar mirarle el culo. Al momento, apareció nuevamente el vigilante del recinto con un botiquín de primeros auxilios y una radio. Sacó una aspirina y se la entregó a Gabriel.

 

–  Ahí tienes agua – dijo señalándole una fuente.

Gracias, compi. ¿Qué vas a hacer con ese chisme?

–  Buscar a ver qué dicen. Si ha pasado algo gordo, digo yo que informarán a la gente.

 La radio analógica era un medio que ya casi no se usaba, pero aún quedaban algunas pocas emisoras. Tras varios intentos por sintonizar un dial, dieron con la voz de una mujer en aparente estado de nerviosismo:

–  La Moncloa está sellada a cal y canto, dicen que en el interior está el Presidente. No logro confirmar las fuentes, pero aquí, en Plaza Castilla, el ambiente es el de un campo de batalla. Policías heridos o muertos en el suelo, otros tanto son llevados por una multitud hacía no se sabe dónde. Según me informan, las manifestaciones de anoche, en un principio pacíficas, acabaron violentamente. A las fuerzas y cuerpos de seguridad se les fue de las manos, y no dudaron en hacer frente con brutalidad. Los manifestantes empezaron a defenderse, pero esto va más allá. Es un ataque directo y contundente. Si la situación me lo permite, seguiré informando. No es sólo un hecho aislado, está ocurriendo en otras ciudades. Si les es posible, manténganse en sus casas y cierren puertas y ventanas.

 

 La gente que se refugiaba en el teatro engullía las chocolatinas y aperitivos de una máquina expendedora que había abierto el vigilante, pese a las objeciones de Gabriel. No sabían cuánto tiempo tendrían que estar allí encerrados, así que era mejor racionar la comida.

–  Tranquilo, hombre. La Guardia Civil vendrá pronto y nos sacará de aquí, ya lo veras.

–  ¿Cuál es tu nombre?

–  Pedro. Me llamo Pedro…

–  Bien, Pedro. Yo soy Gabriel, vigilante de FESTA.  Acabo de ver cómo un nota le arranca media cara a un guardia civil, y cómo el otro era devorado vivo… ¿de verdad crees que esa policía que está cayendo vendrá a este teatro de mala muerte a sacarnos?

 Pedro vio cómo el resto escuchaba la conversación sin dejar de comer aquellos sandwiches. 

–  Sí, quizás tengas razón. ¿Qué hacemos?

–  Lo que te he dicho antes, racionalizar la comida. De momento tenemos agua, pero tarde o temprano habrá que buscar otro sitio más seguro para resguardarnos.

 

Día 2


La radio ya no daba señal. Habían pasado la mañana sin noticias del exterior. Gabriel estaba cansado. No había conseguido dormir en toda la noche, dándole vueltas a cómo salir de allí. Tampoco ayudaron los disparos y gritos que se oían en la lejanía. ¿Se trataría de gente como la que les atacó en el apeadero, o de gente normal intentando defenderse? "Normal", curiosa la palabra que usaba para referirse a ellos mismos. 

 Se asomó a una ventana. A pesar del calor sofocante, las nubes amenazaban con descargar un aguacero en cualquier momento. Casi nunca llovía en Sevilla, pero cada vez que lo hacía, caía una tromba tremenda. Debía ser más de mediodía, y las calles estaban completamente vacías. No había ni rastro de vida, salvo la de aquel mendigo que ahora dormía enfrente del teatro. A cien metros de este, el microbús del ayuntamiento parecía estar esperando ocupantes. Sus puertas abiertas hacían presagiarlo. Ese pobre loco, o no sabe que está pasando, o bien ha decidido ir a donde está la fiesta, pensó mientras se sacaba un cigarro.

 La máquina de café ya tenía preparado su vaso. Lo acurrucó como un peluche que necesita de un niño para ser mimado. Fuera podía ser el fin del mundo, pero que nada ni nadie le privara de su café. Se disponía a saborearlo cuando la voz de Pedro le sobresaltó.

–  Hasta ahora te he dejado tomar las riendas, pero no te olvides de que la autoridad máxima aquí soy yo. ¿Se te ha ocurrido algo ya? Todos queremos salir de esta. Tengo familia, ¿sabes?

–  Tranquilo, yo tampoco quiero quedarme toda la vida aquí contigo. Pero de momento esta zona parece segura, no sé si sería mejor seguir resguardados aquí o movernos ya.

           Pedro avanzó pesadamente hacia la ventana y se asomó.

–  Ese vagabundo duerme ahí fuera como si nada. Yo creo que es bastante seguro.

 Se volvió hacia los demás y habló en voz alta. Los pocos que aún dormían se incorporaron para escuchar.

–  A ver, este es el plan. Fuera la cosa está tranquila, así que vamos a aprovechar para salir ahora. Los que prefieran quedarse son libres de hacerlo, pero no destrocéis nada.

  Gabriel le puso una mano sobre los hombros, intentando contenerle.

–  Es una locura. He visto a esos hijos de puta y sé de lo que son capaces. ¿Y si sólo están escondidos, esperando a que salgamos?

–  ¡Suelta! Estás erre que erre con lo de los locos, pero yo sólo veo la calle tranquila. Saldremos en breve. Si quieres, quédate aquí con tu cafecito.

Gabriel le dio un poco de espacio. Sabía que salir era una locura, pero, ¿y si tenía razón? ¿Y si la locura era el quedarse allí? Diecisiete personas se prepararon. Antes de abrir, Pedro comprobó su munición. Nueve balas en el cañón de su revólver, mas otras cinco en el cinturón. Saldrían de uno en uno hasta la esquina del edificio de enfrente. La idea era llegar al microbús que estaba enfrente para ir lo más lejos posible. En el suelo, una pira de cadáveres compartía lecho con el mendigo, que seguía durmiendo plácidamente. El ejecutivo del maletín, Sara y Gabriel se quedarían en el teatro, esperando. El guardia del lugar parecía invadido por un exceso de entusiasmo. Tal vez sólo quisiera motivar a quienes habían decidido seguirle.

–  Tranquilo, compañero. Si logramos encontrar ayuda, os mandaremos a alguien para que os rescate.

–  Es una locura – dijo Gabriel mientras se encendía un cigarro, evitando mirarle a la cara –. Ni siquiera sabes si están puestas las llaves.

–  Asumiremos ese riesgo. ¿Preparados? ¡Nos vamos!

Tras el grito de Pedro, fueron saliendo de uno en uno. El último en hacerlo fue el propio vigilante. La lluvia empezaba a caer con fuerza, calando cada poro de los que con el iban. Llegó un momento en que no veían más allá de unos pocos centímetros por delante de ellos. Empuñando de nuevo el revólver, Pedro salió del recinto para cubrir a su grupo. No había recorrido ni veinte metros cuando oyó a alguien exclamar en voz baja.

–  ¡Quietos todos! No tiene llaves.

 Mierda, el capullo tenía razón, pensó Pedro. Cuando iba a darse la vuelta, otra voz, claramente femenina, le hizo detenerse nuevamente.

–  ¡Aquí están! ¡Las tengo! Estaban en el bolsillo de ese conductor.

A pesar de la poca visibilidad, siguió avanzando. Se le escapó una leve sonrisa al oír el motor eléctrico del minibús. Sus potentes faros guiaban al resto del equipo. La luz llegaba incluso hasta el teatro.

–                 Ese hijo de puta lo ha conseguido – dijo Gabriel con alivio –. Aprovechemos para salir de aquí.

El ejecutivo trajeado echó a correr como si no hubiera un mañana, y tal vez no lo hubiera. Debía ser algo importante lo que llevaba en su maletín, pues en lugar de utilizarlo para protegerse la cabeza de la lluvia, lo llevaba celosamente agarrado entre sus brazos. Gabriel cogió la mano de Sara. Desearía haberla conocido en otro lugar, en otra situación. 

–                 Tú primero – dijo mientras la apartaba con un suave empujón. La chica empezó a caminar entre la pesada lluvia. Él iba detrás, siguiendo su apretado trasero. Era todo lo que alcanzaba ver. Un sonido amortiguado seguido por unos gritos, les alteraron. Sonaron tres disparos y, luego, más gritos. Después, el silencio roto solamente por la lluvia. Gabriel logró ver al ejecutivo corriendo aún con su maletín, en dirección opuesta, hacía el teatro. Unas sombras le seguían. Una de ellas brincó sobre él. Sus gritos de dolor y auxilio se difuminaron con el sonido de la carne desgarrada. Debían estar desollándole vivo. Gabriel apuntó a una de esas siluetas y disparó, luego a otra. Era absurdo, no tenía balas suficientes. Lo único que había conseguido era llamar la atención.

–                 ¡Mmmm! ¡Carne fresca! – oyó, sin saber de dónde venía. Sara pegó un grito y cayó al suelo. Una mano le garraba el tobillo mientras una mandíbula se lo mordía. Gabriel apuntó a la cabeza del atacante, acertando de lleno. La chica se vio salpicada de sesos. Se miraron por un segundo, parecía que estuviera en shock. Iba a ayudarla a incorporarse, pero otros dos caníbales se abalanzaron sobre ella. Había muchos más por allí, estaban rodeados. Aunque lograra quitárselos de encima, estaba demasiado herida. No podría correr hasta el amparo del teatro. A Gabriel sólo le quedaba una opción: ignorar los gritos de dolor de la chica y salvarse él.

Corrió con todas las fuerzas que le quedaban, pero la poca visibilidad y el suelo resbaladizo hicieron que tropezara con un bordillo y cayera al suelo. Le dio tiempo de reanudar la carrera. Cuando estaba a escasos metros de la puerta del teatro, un empujón le derribó de nuevo. El golpe fue aún más fuerte, pero no lo suficiente como para dejarle sin conocimiento. Uno de esos perturbados se le echó encima. A pesar del mareo que sentía, consiguió quitárselo de encima disparándole en el pecho. Pero era como cuando Hércules luchaba contra el monstruo ese, que por cada cabeza que le cortaba le salían dos más. Volvieron a tirarle al suelo, y ya no quedaban balas en el tambor del Crosman. Aquello no podía estar pasando. Cerró los ojos, deseando que todo fuera una pesadilla. Tal vez una alucinación, provocada por las mierdas que se había metido en el cuerpo. Quería seguir ahí, en su cama, con esa gorda y esa flaca con las que se lo había pasado tan bien. Pero un dolor en el brazo le hizo volver a la realidad.

Abrió de nuevo los ojos y descubrió que ya no tenía brazo. Se lo habrían llevado para asarlo en una barbacoa. Lo mismo sucedió, una a una, con sus otras tres extremidades. Por cada golpe amortiguado que oía, dejaba de sentir una de ellas. El charco de agua sobre el que yacía empezó a estar cada vez más caliente. Quiso gritar de agonía, pero ni eso le permitieron. A uno de los dementes le apetecía una tapa de carne cruda, una pieza de sushi humano, y decidió empezar por su cuello, clavándole los dientes en la garganta. Después de desgarrar un buen bocado, se retiró unos segundos para masticarlo. Gabriel aprovechó para mirarle a los ojos y, tal vez, pedirle algo de compasión. Ya que iban a matarle, al menos que su muerte fuera rápida. Pero nada de eso iba a encontrar. Su expresión se convirtió en asombro al descubrir que quien le había modisqueado el cuello era el mendigo. Parecía que se había despertado con hambre, pero de buen humor. Con la boca y la barba teñidas de rojo, ese cabrón sonreía mientras masticaba 

November rain

En breve será subido con espacios. 

Codex Alimentarius es una antología literaria ideada por el escritor Román Pinazo sobre un futuro distópico donde la alimentación está siendo adulterada para la población mas pobre, que hartos de todo se sublevan contra la autoridad establecida con un único motivo: comer carne fresca.


 

 

Sus músculos se movían de forma rítmica, al compás del macabro sonido de estómagos hambrientos. Atrás quedaban los recuerdos, borrándose como archivos informáticos. Esas vacaciones en la residencia de verano en Mallorca. Esas Navidades en Andorra. Esas visitas al pueblo de su madre en Asturias. Todo ello se desvanecía con la misma rapidez con la que avanzaba su ansia por la carne fresca. A decir verdad, ella era una privilegiada. Al menos, en los últimos meses. Cuando su esposo fue nombrado Presidente, todo cambió.

 Su infancia no había sido una de las más soñadas. Aún la perseguía ese olor a sangre coagulada en la cama de sus padres, y ese cuchillo de grandes dimensiones, jamonero tal vez, atravesando un ojo. Todo ello para enseñar a su padre una lección que, al parecer, no traía aprendida: a una esposa no se le pega, y a una hija no se le viola. Menos aún, cuando esta última solo tiene seis años. La justicia fue unánime para su madre. De los doscientos un años de condena que un presuntuoso juez de mierda le impuso, acabó cumpliendo veintitrés, por labores dentro de la prisión y buena conducta. Podía parecer toda una vida, ¿pero qué sería ese tiempo en la sombra, comparado con la tranquilidad de saber que tu hija estaba a salvo de las garras de ese enfermo? Que no tendría que seguir oliendo a solo unos milímetros de distancia su fétido aliento de alcohol. Que no volvería a sentir en su pequeño e inocente cuerpo el peso de ese hijo de puta que la oprimía y la inmovilizaba para saciar su retorcido apetito sexual.

 Tanto ella como su hermano mayor fueron acogidos por sus tíos, en una granja de esas granjas ecológicas, a las afueras de la gran ciudad. Su tía se encargó de darles lo mejor, les trató como a los hijos que no podía tener. Ella llegó a ir a la universidad, y su hermano se presentó en las oposiciones para el Cuerpo Nacional de Policía, sacando la mejor nota. Fue la mayor convocatoria de la historia de España, ya que por esa época, el Ministerio de Interior vio necesario aumentar el número de agentes. Si les daban miedo las manifestaciones multitudinarias de entonces, ¿qué habrían hecho esos políticos con las que estaban teniendo lugar ahora? Seguramente, se habrían quedado paralizados como le había pasado a Juan, el hombre que acabó convirtiéndose en su marido.

 Le conoció en la universidad. Era el líder de un grupillo de frikis adictos a la ciencia ficción. Aunque también conocía el lado amargo de la vida, había cierta inocencia en él que resultaba encantadora, tal vez por ser tan diferente al desgraciado que le había destrozado su infancia. Estudiaba Derecho, una carrera que parecía tener más salida que la de Historia, pues a diferencia de ella, encontró trabajo fácilmente como asesor jurídico en un partido de centro-derecha. A decir verdad, ella podría haber tenido una carrera laboral más exitosa de no haberse quedado embarazada tan pronto. Pero tampoco podía decirse que tuviera una mala vida. Habían comprado una casa en una urbanización de Oviedo, sin mayores lujos que los de cualquier otro vecino. Allí estaban cerca de su madre. Era un buen lugar para que su pequeño Moisés creciera sano y fuerte, siempre acompañado de su mejor amigo, Luke, el cachorro al que habían adoptado. Su olfato para detectar a las malas personas siempre les protegió.

 Una mañana encontró a Juan leyendo algo en su tablet. Debía estar preocupado, pues apenas tocó el café. Según le explicó, habían aprobado en un Tribunal Internacional las nuevas directrices sobre algo llamado el Codex Alimentarius. Fuera lo que fuera, España no firmaría el acta de anexión inicial a ese programa, aludiendo tener los mejores servicios sanitarios de toda Europa. Al menos, esa era la intención.

 Con el tiempo, acabó naciendo su segundo hijo, Noé. Tuvo que ponerle ese nombre para complacer a sus suegros, bastante religiosos. Ya desde antes de que viniera al mundo, Moisés se mostraba ansioso por conocer a su hermano, tocándole la barriga para sentir las pataditas. Decía que le protegería toda su vida. El siempre suspicaz Luke, por su parte, se limitaba a darle cariñosos lametones.

 Pero Juan siempre tenía la cabeza en otra parte, en la maldita política. España no pudo seguir soportando las presiones de los jueces internacionales y acabó cediendo. Cuando la noticia se hizo pública, pasó bastante desapercibida entre la población, pues no afectaba directamente a la economía del país, que era lo único que parecía preocupar a la gente. Poco después, el partido de Juan convocó elecciones internas, siendo éste elegido como nuevo líder y, por tanto, candidato a la presidencia. Aunque tenía motivos de sobra para sentirse orgulloso de ello, no se le veía muy contento. Aún así, trabajó duro en su programa electoral. A veces le dedicaba más tiempo a su carrera que a su familia, pero a ella no le importaba mucho. Al fin y al cabo, era un buen hombre, y realmente quería mejorar el país. Aunque no por mayoría absoluta, un ocho de febrero salió elegido Presidente. Ella, por tanto, pasó a ser la Primera Dama española.

 Los primeros días tras instalarse en la Moncloa fueron idílicos para los cinco. La enorme piscina del jardín les sirvió para sofocar el calor. Como jefe de seguridad, el Ministerio de Interior puso al joven y apuesto Ricardo, cuyo pasado militar con amplia experiencia en misiones internacionales le hacían el mejor indicado para ese puesto. Tenía como misión vigilar en todo momento a la familia presidencial. De esa cercanía surgió algo. En la impasible y profesional mirada de Ricardo, había algo que conseguía ocultar a todo el mundo menos a ella. A la Primera Dama le encantaba de salir de piscina y lucir su figura, aún esbelta a pesar de haber parido dos veces, para torturar a su jefe de seguridad. Se contoneaba delante de él al ritmo de Guns N' Roses, su grupo favorito. siempre presente en la lista de reproducción de sus auriculares. Podía notar el deseo ardiente de Ricardo, y eso le hacía sentirse bien. No es que Juan no la deseara, pero desde que aceptó el cargo, siempre estaba cansado o distraído. Solía llevarse la tablet a la cama para seguir trabajando hasta altas horas de la noche. Ella tenía necesidades, y su marido no estaba ahí para cubrirlas.

 Llegó un día en que no pudo más. Con la excusa de comprobar el estado de la caseta de mantenimiento del jardín, lo suficientemente alejada como para no ser descubiertos, se lanzó a los brazos del agente, que en un primer momento rechazó la oferta. Para ayudarle a decidirse, se quitó la parte de arriba del bikini, mostrándole su pecho natural y esbelto. El joven se le quedó mirando sin saber qué hacer. Su conflicto interno debía ser inmenso. ¿Qué le derrotaría, el deseo o el sentido del deber? Ella no estaba dispuesta a que fuera lo segundo, así que le cogió la mano y la posó sobre su piel caliente y humedecida por la excitación. Al fin, Ricardo pareció soltarse, y empezó a acariciarla. A partir de ahí, sólo quedaba lo más fácil. La Primera Dama juntó los labios con los del agente, besándole apasionadamente, y bajando después por todo su cuerpo. Él se dejaba hacer, incluso cuando se dispuso a quitarle los pantalones. Era ella quien tenía el control, y eso le gustaba. Siguió usando su boca para jugar con él. Debía dársele bien, pues consiguió que terminara de relajarse. Incluso posó una mano sobre su cabeza. Sentía cómo esos dedos grandes y firmes se entremezclaban con su cabello mojado, y unos leves espasmos que indicaban lo poco que le quedaba para acabar. Ni hablar, aún no. Si iba a explotar, que fuera dentro de ella. Que sucediera de forma simultánea, recíproca. Tuvo que castigarle. Subió de nuevo hacia él y le dio una bofetada. Luego se quitó la parte de abajo del bikini y se inclinó. Ahora le tocaba a él someterla, y más le valía hacerlo bien.

 En ese ángulo, casi a cuatro patas, descubrió que tenía delante el móvil. La siguiente canción en la lista de reproducción era Don't Cry. Antes de empezar a sentir las enérgicas envestidas de Ricardo, pulsó play de forma casi instintiva. Tal vez para silenciar los gemidos del joven, o los suyos propios, o los remordimientos de ambos. Pero en el momento del solo de guitarra, cuando sintió ese tsunami dentro de ella, supo que estaba viviendo el instante más placentero de toda su puta vida. Luke, que esperaba pacientemente en la puerta, fue el único testigo de lo que en esa caseta ocurría. Y como fiel amigo que era, guardó el secreto en esa ocasión y en todas las que vinieron después.

 En cada encuentro, la Primera Dama usaba una canción diferente de Guns N' Roses. Prefería las baladas, pero estaban empezando a acabárseles. Mientras, Juan seguía ausente, enterrado bajo una montaña de papeles. Finalmente, España se había acogido a las directrices del Codex Alimentarius. Al principio fue todo como la seda, pero con el tiempo la gente empezó a manifestarse en contra al darse cuenta de la realidad. Se habían incrementado los casos de cáncer y otras dolencias. Los estaban envenenado poco a poco, y lo peor, de forma totalmente amparada por la ley. Dentro del Palacio de la Moncloa intentaban mantenerse al margen. Juan había ordenado a su esposa que bajo ningún concepto nadie saliera al exterior. Aunque a ella no le importaba mucho. En casa tenía todo lo que necesitaba.

 Por la 3D-visión pudieron ver cómo la Familia Real española abandonaba el país para irse a un lugar secreto, seguramente en los Emiratos Árabes. Por su parte, Juan se pasaba largas horas en el despacho, acariciando una pistola que le había conseguido el Ministro de Defensa. Aunque la Primera Dama tenía con quién saciar sus necesidades más salvajes, seguía necesitando a su esposo. Al padre de sus hijos. No sabía qué sucedía fuera salvo por los medios de comunicación, de los que no podía fiarse porque estaban en su mayor parte controlados por el Gobierno. Apenas daban cobertura a las manifestaciones, cada vez más multitudinarias, que se sucedían por todo el país, mi a la cada vez menos paciencia que mostraba la Policía Nacional para apaciguar los ánimos. Cuando habló con su hermano, este le dijo que les habían dado orden de dejar las porras y empezar a usar armas de fuego para disolver las turbas. Pertenecía a la comisaría norte, donde estaban los grupos más violentos. Había rumores de que varios agentes a los que se consideraba desaparecidos en realidad habían sido devorados vivos por las masas enfurecidas.

 En mitad de la noche sonó teléfono de emergencias presidencial, despertándoles. Un grupo de exaltados habría entrado al Palacio de Elíseo, secuestrado al presidente galo. Nada se sabía de su suerte. Marines especiales habían entrado para intentar liberarlo, sin éxito. Tan solo uno de los veinte boinas negras consiguió salir de allí, describiendo aquello como el Infierno. El presidente de Francia y toda su familia habían sido descuartizados por completo, así como los miembros de su gabinete de crisis. Al entrar, oían un coro de bocas intentando masticar algo realmente duro. Se los estaban comiendo crudos. Acabaron con algunos, pero enseguida se les echaron todos encima, viéndose obligados a huir.

 Tras la noticia, parecía que Juan por fin reaccionó. Ordenó a los pilotos del helicóptero presidencial que, armados, llevaran a Moisés, Noé, Luke y la Primera Dama a su antigua vivienda, acompañados del jefe de seguridad. El vehículo era amplio, contaba con una pequeña sala de junta y varios departamentos estancos. Luke estaba en uno de ellos, ladrando constantemente. Aprovechando que el ruido del perro y el del propio helicóptero amortiguaban sus gemidos, la Primera Dama se encerró en otro compartimento con su guardaespaldas para "hablar de los planes de actuación según lo que se encontraran al llegar a Oviedo". Música y sudor alimentaba su ganas de llorar, pues el agente tenía la orden de que, una vez hubiera comprobado que la familia del Presidente estaría a salvo, regresara la Moncloa, por lo que ya podía despedirse de volver a verlo. Una nueva canción de Guns N' Roses sonaba en sus oídos mientras Ricardo descargaba toda su pasión dentro de ella.

 Los pilotos decidieron hacer una parada en el helipuerto del hospital para respostar. El recinto sanitario parecía desierto. No así su interior, donde se podía ver a gente corriendo. Algo gordo sucedía detrás de esos muros. Ricardo salió del vehículo para comunicarse con el Presidente a través del teléfono de la caseta de control, ya que los móviles no tenían cobertura. Mientras ayudaba a los niños a intentar calmar a Luke, la Primera Dama vio desde una ventanilla cómo al jefe de seguridad le cambiaba el semblante. Algo gordo debía haber sucedido.

 Parecía que iban a reanudar ya la marcha. Sin embargo, Ricardo les hizo gestos para advertirles. Una oleada de lunáticos salió del hospital en dirección al helicóptero. El piloto accionó rápidamente los motores mientras el copiloto disparaba a los primeros que llegaban. Eduardo se quitó a dos de encima gracias a su entrenamiento cuerpo a cuerpo, y gastó tres balas en despachar a los que les seguían, pero no tardaron en rodearle No había tiempo de cerrar las puertas, iban a entrar.

 La Primera Dama sabía que el interior del helicóptero era el lugar menos seguro en ese momento. Sin tiempo que perder, cogió a Noé en brazos y le dijo a Moisés que corriera junto a ella. Luke les seguía. Salieron del vehículo mientras la muchedumbre aún estaba distraída con Ricardo y escaparon por el otro lado, buscando alguna entrada al hospital. Quizás allí todavía quedaran miembros de seguridad que puedan ayudarles.

 Mientras corría, se volvió para mirar. El helicóptero estaba despegando a pesar de que varios de esos perturbados se habían subido a las palas. Dos disparos sonaron desde el interior de la cabina, tiñendo los cristales con restos sanguinolentos. El vehículo perdió estabilidad y se puso a dar vueltas mientras descendía rápidamente. Una luz roja en la puerta exterior alertaba una inminente colisión. Las enormes aspas rasgaron el suelo hormigonado del helipuerto, haciendo añicos el aparato en cuestión de segundo. Una gran explosión lo envolvió todo. El estruendo hizo que más de esos lunáticos se unieran a la fiesta.

 La esposa del Presidente seguía corriendo a pesar de todo. El corazón le bombeaba con fuerza, sintiendo cómo la sangre recorría todo su cuerpo. Al fin pudo llegar a la puerta del recinto. Estaba entreabierta, con manchas rojas por todas partes. El interior no distaba mucho de lo que acababa de presenciar fuera. Sangre y algún cadáver descuartizado. Podía sentir que le acechaban miles de ojos, aunque no había visto a nadie todavía. El macabro hedor le recordaba al cuerpo inerte de su padre en la cama. El estómago le ardía. Llevaba varios días sin probar bocado debido al estrés y las preocupaciones, y en cierto modo, el olor despertaba su apetito.

 –¡Carne fresca chicos! – gritó una voz femenina desde algún rincón. Al poco, una multitud de lunáticos, la mayoría ataviados con uniformes sanitarios, salieron corriendo tras ellos. La Primera Dama pudo esquivar a varios para resguardarse en una especie de quirófano pequeño. Los materiales estaban desperdigados por toda la sala. Tijeras, bisturís, gasas desparramadas y dos botellas enormes de oxígeno. Había también un brazo amputado que descansaba sobre el frío suelo. Parecía reciente. La madre cerró la puerta y ordenó a sus niños que se escondieran con Luke bajo una camilla. Esperaba que no fueran vistos por esos cabrones, y que la puerta aguantara lo justo para que se le ocurriera una forma de salir de ahí.

 No podía dejar de pensar en la estupidez de Juan. Había empujado a su familia a esa situación. Fuera de casa, lejos de la protección que les habría dado la Moncloa. Le sobrevino una arcada, pero lo único que echó fue bilis. Con los nervios no había comido nada en todo el día, y en ese momento empezaba a sentir hambre. Mucha hambre. Y rabia. ¿Cómo era capaz de hacer la gente algo así? Aunque los alimentos regulados por el Gobierno fueran menos nutritivos, siempre sabrían mejor que la carne humana. ¿O acaso se equivocaba? Esa duda fue suficiente. Ese instante de curiosidad, detonó lo que vino después. No sabía qué había sucedido, simplemente estaba ahí, con la boca llena de sangre. Los niños lloraban. El perro la miraba fijamente, tal vez pidiéndole que compartiera su comida con ella, como solía hacer cuando se le sentaba debajo de la mesa. ¿Pero qué comida tenía ella? En sus manos sostenía el brazo amputado, y lo estaba mordiendo.

 Le dolía la mandíbula. Masticar carne cruda era complicado. Sabía que debía repugnarle, aquel no era plato de buen gusto para nadie. Sin embargo, estaba jugosa. Por algún motivo, algo dentro de ella cambiaba con cada mordisco. Era como tomarse un café bien cargado, pero sin taquicardia ni efecto laxante, solo bienestar. Como cuando para celebrar su cargo como jefe del partido, Juan le llevó a cenar al restaurante más caro de Oviedo.

 Fuertes golpes empezaron a retumbar desde el otro lado de la puerta. Les habían encontrado. Los llantos de los niños debían haberles atraído. La Primera Dama los miró. Debían estar aterrados. Pronto esos lunáticos echarían la puerta abajo y serían ellos los que acabarían siendo devorados. Luke también empezó a ponerse nervioso y enseñó los dientes. Ella descubrió una puerta que antes no había visto. Se acercó a gatas y la abrió. Era la sala donde se aseaban antes de las operaciones. Un par de lavabos, algunos guantes y una gran ventana cerrada desde dentro. Fuera todo parecía tranquilo.

 La puerta del quirófano reventó finalmente. Ya estaban dentro. Ayudó a sus hijos a salir por la ventana y sacó también a Luke.

–            Protégelos – le dijo a su perro. Moisés pareció asustarse al ver cómo su madre cerraba de nuevo la ventana.

–            Mamá... ¿Tú no vienes?

–            Tengo cosas que hacer aquí. Cuida de Noé. ¡Corred!

 La Primera Dama vio a través del cristal cómo se alejaban sus hijos hacia un futuro aparentemente seguro, pero incierto. Era todo cuanto podía hacer por ellos. Tenía que quedarse ahí para impedir que esa gente les buscara. Sabía que podría convencerles de que ella era una antropófaga más. Porque, de hecho, ya lo era. Había conocido ese lado oscuro de sí misma, y le había gustado. Por eso tenía que dejar a sus hijos. No quería que ellos acabaran igual. Merecían seguir siendo inocentes hasta el final.

 La puerta se abrió. Un centenar de ojos la miraron fijamente. Ella les devolvió la mirada. Encontraba en ellos cierta complicidad. De alguna forma, se sentía como en casa.

 

 Podían haber pasado horas o semanas. Había perdido la noción del tiempo. Acompañada de su séquito, se unieron a la muchedumbre que asediaba el Palacio de la Moncloa. Todos estaban ansiosos. Habían probado la carne humana y quería más. A ser posible, carne de gente pudiente y bien alimentada. Carne culpable. Esa era la que sabía mejor. El palacio estaba rodeado de una vegetación que ella desde dentro nunca había visto. Ahora tenía una perspectiva diferente.

 Los miembros del servicio secreto estaban atrincherados esperando la primera oleada. Una lucha que sabían que iban a perder. La Primera Dama avanzó. Esa gran verja de hierro fundido estaba ahora destrozada en el suelo, aplastada por miles de pies. Solo les separaban del Presidente una puerta de roble. Los que la forzaban avisaron al resto de que habían logrado abrirla. Algunos cayeron acribillados nada más entrar, pero ella seguía avanzando. Sus compañeros tumbaron a esos pocos escoltas, abriendo paso al resto de la muchedumbre. Algunos inspeccionaron la mansión buscando los posibles escondites del Presidente, pero ella conocía bien y a su marido, y sabía dónde estaría. Subió las escaleras, directa a su despacho. Por su culpa, había tenido que despedirse para siempre de sus hijos, de los encuentros furtivos con Ricardo, de toda su vida anterior... Y no iba a perdonarle nada.

 Empezó a aporrear la puerta del despacho presidencial. Era demasiado dura para tirarla ella sola, pero pronto se le unió su nueva familia. Sabía que Juan tenía una pistola ahí dentro, ¿pero qué iba a hacer con ella? No había balas para todos. Tal vez intentara hablar con ella, pedirle que les detuviera. 

 Había demasiado ruido. La Primera Dama se puso los auriculares y subió el volumen todo lo que pudo, hasta que le pitaron los oídos. Estaba a punto de saborear de nuevo la carne humana, la segunda experiencia más placentera de su vida. La canción que eligió fue November Rain.

 Como una presa antigua y descuidada a merced de las lluvias torrenciales, la puerta acabó cediendo. La turba de caníbales entró en el despacho. El Presidente parecía preparado para pegarse un tiro, pero quedó paralizado tras ver a su esposa.

 – Salomé – susurró antes de que le arrebataran la pistola y empezara a murmurar una y otra vez una fase ininteligible. Es verdad, ese había sido su nombre. Había llegado incluso a olvidarlo. Le resultó curioso en esos momentos, ya que fue Salomé la que pidió a Herodes la cabeza de Juan Bautista en una bandeja de plata. Saboreó el momento al compás de Guns N' Roses.

 

«Cause nothin' lasts forever En la fría lluvia de noviembre.»

And we both know hearts can change

And it's hard to hold a candle

In the cold November rain.»

 

 

 

 

«Porque nada dura para siempre

Y ambos sabemos que los corazones pueden cambiar

Y es difícil sostener una vela 

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